MIRANDO AL MAR

Una decena de postes están clavados en la arena de la playa. El nutrido grupo de amazonas de feroces y firmes rasgos se afanan en amarrar a diez hombres. Cuerpos desnudos. Manos y pies atados a los postes. Siempre ojos vendados y cara al mar.

Los varones presentan sus penes decaídos; seguro que también sus ánimos y esperanzas.

Solo se oye el romper de las olas. Ella, a quien llaman «la Guerrera», desciende de su caballo para iniciar el ritual. Enarbolando un machete se dispone a cercenar las pollas de esos elegidos. El resto de la comitiva femenina se ocupará de hacerle comer, uno a uno, su propia piltrafa sanguinolenta.       

Mientras escucha los gritos desgarradores de aquellos desgraciados, Guerrera recuerda sus propios gritos y los de su familia cuando, aún niña, intentaba zafarse a golpes de esos “seres queridos” que pretendían mutilarla. Consiguió huir sin ablación, pero con firme juramento de venganza.

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SECRETOS DE FAMILIA

Los cambios extremos de temperatura, el polvo y el abandono en la vieja casona habían despellejado la pintura de los suntuosos trajes y las máscaras orientales. Los rostros de ambos modelos, en aquella peculiar copia del apasionado beso de Klimt, habían quedado al descubierto.

Mientras descuelgas el cuadro, descubres, con doscientas pulsaciones por minuto, el oscuro misterio familiar causante de múltiples desasosiegos e intuyes que ese hombre no solo fue modelo colega de tu madre. Ese varonil rostro se te presenta como un espejo.

Decides enviar el cuadro con su secreto a la hoguera. Todo seguirá igual que siempre, pero tú ya has conocido a tu verdadero progenitor y causante de las intrigas familiares.

IsidrøMorenø

LA ÚLTIMA ÚLTIMA CENA

Y yo os digo que uno de vosotros me traicionará esta noche.

Acabada la frase de Jesús, Juan y Pedro se abalanzaron sobre Judas. Acto seguido, los trece comensales se debatían en gran melé, unos por separar y calmar y otros por alcanzar a Judas para asestarle algún guantazo. Platos, copas y vasijas volaban por los aires o rodaban por los suelos. Jesús, ante la imposibilidad de instaurar el orden entre sus apóstoles, hizo mutis por el foro. Como director salí a escena para aplacar y calmar a los alumnos. De pronto, espectadores y padres de los actores tomaron el escenario entre forcejeos e improperios para defender cada cual a su hijo, o reprender a algún apóstol, o salvar al malogrado Judas.

Como responsable pensé que me había equivocado en la elección de obra o en el reparto, o quizás el Método Stanislavski de Identificación con el personaje habría dado frutos y celos insospechados.

Sin embargo, todo me quedó claro cuando en el patio de butacas observé al “apóstol Juan”, iniciador de la trifulca, arrojando al suelo una bolsa con monedas que acabada de recibir de un siniestro y satánico espectador.

Y un tenue olor a azufre invadió la sala.

IsidroMoreno

JUSTICIEROS DEL AMOR

Eran los sábados cuando las “eroavionetas” colmadas de amor y pasión sobrevolaban nuestro barrio. Desde primeras horas, nos manteníamos alerta para disfrutar de la llegada y descarga de roscos que, en forma de corazones, arrojaban aquellos aparatos. Muchos vecinos jóvenes, mayores y medianos salíamos a la calle ansiosos de pasión, con los brazos abiertos al cielo y como si de un maná se tratase o como en una cabalgata de reyes, intentábamos atrapar al vuelo alguno de esos roscos del amor. Para evitar lesiones, la policía no permitía paraguas invertidos. No valía tomarlos del suelo, pues si caían quedaban rotos e inutilizados para siempre. Había personas que salían con máscaras y disfraces para evitar, se supone, ser reconocidas quizás por su pareja que también podría estar esperando otra oportunidad; también había ambiciosos que pillaban varios “roscos acorazonados”: eran la envidia de quienes no cogían nada y tendrían que esperar al próximo sábado.

Todo acabó un día cuando un ejército de angelitos justicieros, con arcos y flechas, atacaron a las promiscuas “eroavionetas” para expulsarlas del espacio aéreo del barrio. Desde entonces, a menudo y sin avisar, los angelitos escondidos quién sabe dónde, escogen y lanzan flechas directas solo a corazones errantes.

CONTRA CORRIENTE

Entre sonorosas cascadas y verdes hojas mecidas al compás de sus cánticos, aguarda, sin prisa, la sirena. Un año más será objeto de lujuria, motor de instintos primarios y causa de luchas entre los más jóvenes.

Los mayores intuyen que, tras la dura remontada del río, la reproducción se ha de realizar por desove y fecundación sólo entre parejas de salmones.

Los aún inmaduros, desoyendo normas y consejos, caerán rendidos ante tan singular atracción y belleza de esa hembra de extraño torso, larga melena y cola de pescado. Sin embargo, cuando estos ilusos jovenzuelos descubren que solo serán parte de su festín y principal alimento, siempre es tarde.  

 

IsidroMoreno

FAIR PLAY

El codo de un defensa se dirige a cámara lenta hacia la nariz del delantero que se desploma despacio mientras se cubre, con sus manos, el apéndice dolorido y sangrante. Otro delantero retoma la jugada parando, pausadamente con el pecho, el balón invisible que cae a sus pies y, con dos lentas pero largas zancadas, se dirige a portería. Luego, apoyado en su pierna izquierda, realiza un leve giro de cintura y, en parsimonioso movimiento, lleva su pierna derecha hacia atrás para tomar impulso e iniciar hacia adelante el movimiento que imprima la fuerza del chut al imaginado balón. De inmediato, el portero avanza lateral y gradualmente hacia su izquierda e inicia un grácil salto parabólico, pero siempre con la mirada fija en el balón imaginario que también de manera ralentizada, había salido desde la puntera del delantero. Una vez que el guardameta cae al suelo y el supuesto balón traspasa la línea de portería, todos quedan inmóviles como estatuas. Solo les está permitido considerar si ha existido falta y discernir si el delantero goleador se hallaba en posición correcta o en offside.   

Así han representado la repetición de la jugada y es que, tras la euforia del gol, sin haber finalizado los abrazos, se habían oído las voces de un equipo indicando que había sido “fuera de juego”. Con gestos de decepción de unos y el disimulado regocijo de los otros, ambos equipos se han preparado, como en otras ocasiones, para repetir la jugada dudosa en cámara lenta, con la misma ubicación de cada uno de los jugadores pero sin el esférico, pues como es sabido, los balones no pueden hacer la cámara lenta.

En esta ocasión no ha habido consenso entre los contendientes, por lo que al no existir árbitro, ni jueces de línea, ni VAR, se recurrirá a la “decisión civilizada fuera de cancha” consistente en nombrar por sorteo a tres espectadores que, mediante voto a mano alzada y en un intento de justa objetividad, dilucidarán el resultado de la jugada.

Esta experiencia deportiva tiene muchos adeptos entre los equipos juveniles de fútbol de las humildes aldeas de ese remoto país. Dicen que el inventor de aquella norma deportiva fue un anciano misionero que, parafraseando al humorista conquense J. L. Coll, y con ánimo de explicar ciertos valores éticos, les dijo a los jóvenes: Un país será civilizado cuando en él se pueda jugar al fútbol sin árbitros.

IsidroMoreno

REMUERDOS

Unos pocos uniformes nazis robados nos permitieron salir del campo como si de un traslado de prisioneros se tratara. Tras largas horas caminando desorientados llegamos a una encrucijada de caminos. La elección podría significar la libertad o la muerte. Con apenas ocho años, tomé la iniciativa y avancé, sola y decidida, a explorar el entorno.

Mi pensamiento queda FUNDIDO a negro, también mi alma, cuando recuerdo cómo conduje al oficial de las SS hasta el lugar donde se ocultaban aquellos judíos. A cambio me regaló esta pistola que ahora presiona mi sien.

Isidro Moreno & Rafa Olivares

Para ENTC. CODE21  (Abril 2021)

DOS SEGUNDOS DISTINTOS

Mi zapatilla se desliza por la acera de forma irremediable. Deseo recomponer el equilibrio pero mi pie y pierna derecha desobedecen, bien como si no me perteneciesen, o bien que ya no quisieran seguir formando parte de mi ser. A cámara lenta diviso a media altura mi babucha rosa despedida que voltea lentamente hacia arriba; mi pie desnudo apunta al cielo; mi cuerpo en el aire y en horizontal; mi holgada falda, al viento; mi vista fija al frente, hacia el infinito, hacia la gente que me mira y a los que se asombran al verme. Ya nada soporta este cuerpo que se desploma. Recuerdo que no llevo bragas. Mis piernas abiertas, mi figura desecha, la dignidad y los huesos por los suelos. Había salido apresuradamente de la ducha para avisar al butanero antes de que se marchase. Oigo la voz de un vecino que grita mi nombre. La gente se arremolina, me miran y yo no sé dónde mirar. Son momentos eternos.

Luego, mi vecino, que ha sido testigo, ha narrado así todo lo ocurrido: Ella salía corriendo por el portal y al llegar a la calle ha resbalado con una cáscara de plátano y ha caído de espaldas.

IsidroMoreno

DÍA DEL PADRE

Es lo que tienen las mudanzas y los zafarranchos de limpieza, que te reencuentras con objetos y recuerdos del pasado que creías perdidos. A menudo no sabes lo que hacer con esos objetos, sin embargo, los recuerdos no te dan a elegir.

Dentro de una de tantas cajas del trastero, encontré una vieja carpeta azul de gomillas pasadas por el tiempo. En su interior, cuadernos, folios amarillentos de trabajos escolares y, entre ellos, bastantes dibujos con dedicatorias a mi papá desde mi época en la guardería hasta casi la adolescencia y, eso sí, con muchos corazones rosas que, como a todas las niñas, me gustaba dibujar. Estoy segura que fue mi abuela quien los salvó de la quema y los guardó como si fuesen un tesoro.

Hoy, casualmente día del padre, he encontrado esa carpeta y se la he mostrado a mi hija de siete años. Ha juntado sus dibujos escolares de felicitación por San José con los míos, y me ha preguntado que si yo tampoco tenía papá cuando era pequeña. De repente, la larga historia que desde hace años tenía preparada en mi mente para narrársela a mi hija, ha quedado resumida en un ahogado y simple: «Tampoco, cariño. Tampoco».

Al girarme para que ella no notase mis ojos arrasados, he visto a mi madre que, con natural disimulo, guardaba los dibujos de mi hija y los míos en una misma carpeta azul.

IsidroMoreno

TERAPIA

El escenario es invadido por los músicos con sus instrumentos. Ellas de riguroso negro. Ellos de esmoquin y pajarita negra. Ruidos de sillas, afinaciones de instrumentos, leves murmullos del público. Algunos violines no tienen cuerdas, un violonchelista no tiene arco y el contrabajo solo tiene una cuerda. El solista de oboe hoy no se ha traído el instrumento. Por un lateral aparece el director. Aplausos. Todos los músicos se levantan de sus sillas; el director sube a su tarima y con inclinación reverente, saluda al público. Acto seguido, volviéndose a la orquesta, con sutil gesto ordena que se sienten. Levanta la batuta. Todos le miran. Silencio absoluto en la sala. Con vigoroso movimiento de brazos da inicio al concierto. Los músicos permanecen estáticos. Ni un solo ruido de instrumentos. Ni un solo ruido del público. Sólo se escuchan los sonidos del silencio.

Tras sesenta minutos de quietud, de un afinadísimo y armonioso silencio, el director marca el último compás, se gira hacia el público, saluda con reverencia e invita a sus músicos a levantarse de sus sillas y que hagan lo propio. El público, silente, emocionado pero sereno, se levanta de sus butacas y tras cinco minutos en pie como agradecimiento, comienza a abandonar el teatro.

Mañana, nuevos grupos de espectadores, “silencio-adictos” y pacientes de «Silencio terapia» volverán a abarrotar la sala de conciertos.

IsidroMoreno