EL LECTOR

 

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La lectura le resultaba vital para su existencia diaria, como si de un complemento vitamínico se tratara. Además, era verdadero fetichismo el que sentía por los libros y cuanto a estos les podía rodear.

Cada inicio de una nueva lectura, examinaba el libro con la destreza de un editor profesional, comprobando costuras, flexibilidad, pastas, encolado, tacto, tipografía… y todo en unos segundos. A pesar de su juventud, atesoraba una biblioteca de no se sabía cuántos volúmenes.

Como banal rito, junto al libro seleccionado para su lectura, portaba un estuche de fino cuero en el que guardaba, escrupulosamente ordenados, varios marcapáginas de distinto tamaños y formas, así como un blíster de etiquetas autoadhesivas de surtidos colores, pequeña regla y, por supuesto, más de una docena de útiles para la escritura como plumas estilográficas, lápices, lapiceros, rollers, bolígrafos, esferógrafos de lujo, subrayadores, gomas de borrar y otros.

Cuando lo conocí, además de narrarme con entusiasmo su pasión por la lectura, me invitó para mostrarme su biblioteca.

En aquellos fríos días de enero, Edu disfrutaba de la lectura de clásicos de capa y espada. Era fácil deducirlo pues la estancia se encontraba atestada de floretes, sables, sombreros de ala ancha, sombreros con plumones erectos, capas negras, pardas, dagas oxidadas, corpiños de la época y un sufrido maniquí desnudo al que le brotaban cientos de pajas por los innumerables agujeros que, como cicatrices de mil reyertas, le colmaban el torso.

En su fogosidad representativa, el joven lector, tomando un florete de brillante cazoleta y el libro en la otra, comenzó a leer e interpretar un acalorado diálogo entre dos rivales enamorados de una misma dama. Su mucho entusiasmo me lo contagió hasta el punto de tomarme la libertad de coger una de las espadas, un sofisticado sombrero con pluma de pavo real, o eso creo, y una capa que plegada sobre mi brazo izquierdo, me serviría de exiguo escudo.

A su voz de, ¡en guardia!, los aceros de nuestras armas se chocaron con ímpetu, tuve que esquivar el libro que me lanzó a la cabeza porque ya le sobraban los diálogos escritos, ahora eran interjecciones improvisadas que junto al agudo chasquido de la hoja y el grave sonido, con eco incluido, de las cazoletas imprimían una veraz banda sonora.

Pronto, entre el sudor, insultos como, bribón, granuja, malandrín y otros improperios de la época, nos hicieron caer exhaustos y aprovechando un descuido en su caída, le acerqué la punta de mi espada oprimiendo su piel bajo la barbilla.

Mirándome con ojos de terror, me dijo, ¡no tienes huevos! Luego, los dos nos desencajamos riendo estrepitosamente.

Pasaron unos meses hasta mi siguiente visita en la que me mostró sus últimas lecturas y adquisiciones de material de atrezzo para mejores vivencias. En aquella ocasión leía sobre «hazañas bélicas» ambientadas en la II Guerra Mundial.

Su habitación de lectura, esta vez, estaba plagada de material de guerra, siendo objetos originales en unos casos y réplicas en otros; así me mostró el mecanismo de un subfusil MP40, diversas pistolas de los nazis y otras del ejército ruso, cascos de soldados, algún uniforme con su gorra de plato luciendo las estrellas de graduación y otras prendas de ropa y objetos referidos a aquella contienda mundial.

Sin duda, lo que más me atrajo fue un gran plano, de una parte de Europa, desplegado sobre la mesa y en el que había dibujado las cuadrículas, a propósito imperfectas, de un doble tablero hexagonal de ajedrez. Las fichas eran soldaditos de plomo, tanques, piezas de artillería, de caballería, camiones de intendencia y sanidad, torres y algunos edificios emblemáticos de la vieja Europa. Con semejante arsenal de piezas e iconos, nos enfrascamos en una partida de juego mezcolanza entre ajedrez Seirawan y las damas y que, en ese caso, enfrentaba al ejército alemán contra los aliados. Yo perdí la partida al tener que rendirme cuando me comió la Torre Eiffel y mi Nôtre Dame entraba en jaque.

Tras algunas representaciones de batallas y una amistosa charla, nos despedimos emplazándome a una próxima reunión pasadas dos semanas, sin aportarme más información, pues pretendía darme una sorpresa.

A pesar de nuestra incipiente amistad, aprecié que se trataba de un individuo con un elevadísimo coeficiente intelectual en casi todas sus variantes a excepción de la inteligencia emocional, pues capté ciertas carencias en las relaciones interpersonales e incluso consigo mismo. Yo debí infundirle confianza a juzgar por su rápida aceptación de amistad.

Llegado el día previsto que, a decir verdad, lo esperaba con gran expectación, me dirigí a su casa aportando una caja de bombones Godiva Gold Ballotin como detalle de digno visitante. Me sorprendió que la verja y puertas de entrada estuviesen entornadas. Llegado a la biblioteca y a pesar de llamarlo en voz alta, no respondió nadie.

En esta ocasión, en el centro de la estancia había colocado un extraño artefacto decimonónico que recordaba a la famosa máquina del tiempo de H. G. Wells.

Ante la misteriosa ausencia de mi amigo, salí preocupado de la biblioteca y, a un lado de la cancela del jardín arrinconado junto a un gran rosal, vi un gran cilindro con puerta de cristal del tamaño de una persona que, tras introducirme en su interior y manipular una de las palancas de mando, deduje que se trataría de una cápsula transportadora temporal, ya que recordaba a artefactos similares de ciencia ficción futurista.

Cerré tras de mí la cancela del jardín y ya en la calle percibí un repentino frío, impropio del mes de Julio, así como la luz, pues mi reloj marcaba las siete de la tarde y sin embargo ya era noche cerrada.

Además de mi aturdimiento y del aire gélido que castigaba mi cuerpo ataviado con unas simples bermudas Nisu y un polo Acme, de pronto me vino a la mente la preocupación por la ausencia de mi amigo Edu, porque creí que, al menos, le debería dejar una nota de mi visita y comunicarle la extraña sensación que empecé a sufrir por el repentino cambio de temperatura y luz solar. También le dejaría los —carísimos— bombones para cuando regresara y le tomaría prestado alguna prenda de abrigo.

Pero claro, la puerta de entrada al jardín yo mismo la había cerrado momento antes. Sin embargo, sí que ahora se veían luces encendidas en la casa, por lo que de forma intuitiva, pulsé el timbre del portero automático.

Al entrar en la biblioteca me recibió Edu que, en aquellos fríos días de enero disfrutaba de la lectura de clásicos de capa y espada. Era fácil deducirlo pues la estancia se encontraba atestada de floretes, sables, sombreros de ala ancha, sombreros con plumones erectos, capas negras, pardas, dagas oxidadas, corpiños de la época y un sufrido maniquí desnudo al que le brotaban cientos de pajas por los innumerables agujeros que, como cicatrices de mil reyertas, le colmaban el torso.

Estaba claro, mi «déjà vécu» lo había producido la cápsula del tiempo del jardín junto a mi curiosidad insana. Ahora necesitaba salir del bucle temporal. Por fortuna, contaba con mi amigo Edu y su biblioteca.

Continuará.

 

IsidroMoreno

 

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DIONI & CLARI

 

—Al aeropuerto. ¡Rápido por favor!  —Dijo con la voz entrecortada por la excitación nerviosa.

Con máscaras de Dalí, a golpe de pistola, habían atracado la sucursal bancaria.

Al cabo de tres horas, la pareja de enamorados permanecían en la terminal de llegadas del aeropuerto ante la cinta de equipajes y rodeados de policías con perros.

A ambos no les cabía más tormento en sus cabezas ni palpitaciones en el corazón. El atraco al banco, la policía vigilando, las maletas que tardan, los perros olisqueando, los amigos de la partida que empezarían a echarles en falta… La maleta que por fin se divisa al inicio de la cinta; el disimulo ante policías y perros. Ya sólo un taxi más hasta la estación de trenes.

Al subir al vagón, la pareja de octogenarios fugados por amor en busca de una nueva vida, apreciaron gran alivio que duró hasta comprobar que la maleta no era la suya. Esta solo contenía ropa deportiva. En su maleta viajaban sus escasas ropas, sus muchas esperanzas, sus sueños y el botín del atraco.

Con el traqueteo del tren ambos empezaron a enumerar lo que aún poseían:

Ya sólo se tenían el uno al otro.

Y se durmieron.

IsidroMoreno

VENGANZA

 

Una fría rigidez me invade el cuerpo, bueno, al menos la cabeza y el torso, pues el resto no lo siento.

Comienzo a sufrir pánico y dolor por unas continuas sacudidas, desgarros en mi cabeza y mis hombros. De pronto veo mi imagen reflejada ante el espejo, pero sólo es una estatuilla de mi busto, de un Goya sordo, maltrecho y sostenido por las manos de un ser monstruoso al que, aun en la penumbra, reconozco. Saturno ha empezado a devorarme por retratarlo mientras se comía a su hijo. Percibo sus ansias de venganza y su repetido insulto:

¡Chivato! ¡Chivato!

 

IsidroMoreno

(Texto de 100 palabras)

 

Francisco de Goya, Saturno devorando a su hijo (1819-1823).jpg