DÍA VIGÉSIMO PRIMERO DE LA NUEVA ERA

CALENDARIO DE PARED MIXTO 2020 - Finocam

Después de muchas rabietas y cabreos con sus padres, por fin Coque obtuvo el dinero para comprarse las zapatillas tan caras y tan de moda que “todas” sus amigas llevaban. Era sábado; justo el día antes de la conminación a quedarse en casa por la pandemia. Hoy, veintiún días después, se ha enfadado con la abuela Chonchi, porque estaba remendando unos pantalones que tenían un hermoso agujero a la altura de la rodilla. Lo peor de todo es que los vaqueros “rotos” son de su amiga Yoli, que se los prestó unos días antes del encierro y no ha podido devolvérselos. En realidad el mal genio es porque no soporta el encierro y desea ver a sus amigas, estrenar sus deportivas último grito, ponerse los vaqueros de Yoli que le hacen un tipazo como ninguno y porque está harta de ver todo el día las mismas paredes, las mismas caras, el mismo aburrimiento y las múltiples discusiones con su hermano menor, Tito, que por cierto, ha convencido a sus padres, con insoportables y reiteradas rabietas, para que este año las vacaciones sean en la playa en vez repetir en la casa rural de los Picos de Europa.

Ricki, el cabeza de familia, realiza teletrabajo desde el cuarto de estudio donde se ha montado un pequeño despacho con el portátil y muchos papeles que se trajo de su oficina pues, a pesar de todo, la empresa, una financiera agresiva, le exige continuar con la actividad, debiendo realizar llamadas telefónicas para contratar nuevos productos o reclamar el cobro de morosos… en fin, ingratas tareas de las que a menudo suele salir malparado por los improperios de algunos interlocutores que, como Ricki reconoce, son “víctimas del nerviosismo y de la tensión del encierro, y me mandan a la mierda”.

Tuchi, la madre, le explica al yayo, su suegro, que está enojada con Coque, con Tito, con Ricki y con Chonchi, porque ninguno quiere bañar a Pablo, el perro al que todos se disputan para sacarlo a pasear pero nadie quiere bañarlo.

Yayo, el abuelo, en un momento de calma tras la sobremesa, ha iniciado una charla con su nieta, pretendiendo calmar los ánimos. Le habla de la velocidad de nuestro mundo, de la cacareada necesidad de aflojar la marcha, pero que irónicamente, la parada, y en seco, sólo la ha conseguido realizar un bichito invisible. ¡Tiene gracia!

Que quizás tras este frenazo del mundo, aprenderemos que no es necesario tenerlo todo y al instante para ser ricos o felices. Hay cosas que no se pueden ni se deben comprar y la felicidad es una región que se ignora dónde está ubicada y cuando se accede, casi siempre por casualidad, la estancia es breve pues se empieza a abandonar de forma involuntaria y, por desgracia, antes de tiempo.

Que también, una vez vencido el virus, deberemos recordar que hay que aplaudir diariamente a muchas, muchas profesiones y a las personas que las ejercen y que nos hacen viable y vivible el día a día.

Ojalá aprendamos que para este pequeño bicho, aunque letal enemigo, no hay fronteras, ni colores de piel, ni peores religiones, ni derechas ni izquierdas, ni ricos ni pobres, sino humanos vulnerables que en un segundo pueden pasar del todo a la nada.

Que veremos sillas vacías y sufriremos el amargor de la ausencia. Probablemente lamentemos no haber hablado, abrazado o besado a quien hoy ya no podamos hacerlo, porque hoy ya quizás sea tarde.

El yayo, con la mirada fija en el techo, continúa su monólogo sobre la necesidad de extraer lo bueno de los malos momentos y, ante el silencio de su nieta, intenta explicarle, a su forma,  que no conviene anclarnos únicamente en la superficialidad de nuestra existencia, de las modas, ni falsear nuestras formas, ni nuestra imagen —y con cierta sorna, añade—, también estoy harto y considero una moda irrisoria vuestra afición a los diminutivos o ridículos apelativos como el tuyo, de María José a Coque, o tu Madre, Tuchi, cuando se llama Jacinta, o la abuela Chonchi que es Alfonsa de toda la vida. ¡Será que estoy mayor!

Ante el inusual silencio de su nieta, se giró y vio que se hallaba recostada sobre el brazo del sofá, con unos auriculares en las orejas y plácidamente dormida. Mañana, si amanece, le volverá a hablar de la nueva era que estamos estrenando.

 

IsidroMoreno

INMERECIDA FAMA

 

32 mejores imágenes de Belén palacio Herodes | Belenes, Casas para ...

Me evocan continuamente, en especial en momentos de vacaciones y confinamiento. Todos saben que desaparecí hace muchísimo e incluso de mi morada apenas quedan unas piedras. También me siento rememorado en los belenes navideños, aunque, para castigarme, siempre colocan mi palacio al fondo o en un segundo plano; pero reconozco que me suscita una malévola sonrisa cuando muchos padres, cabreados con los niños, me invocan con desesperación: ¡Herodes, por favor, llévatelos!

Cada vez estoy más convencido de que la historia no me hizo justicia. 

 

IsidroMoreno

AMANTES DE CASABLANCA

(Relato núm. 400 de este blog)

Casablanca': la magia del cine cumple 75 años - Levante-EMV

You must remember this
A kiss is just a kiss
A sigh is just a sigh
The fundamental things apply
As time goes by
And when two lovers woo
They still say “I love you”
On that you can rely
No matter what the future brings
As time goes by

 

Unos años después, Ilsa Lund, hastiada de las rarezas de Víctor Laszlo, regresó a Casablanca en busca de su verdadero amor.

Todo había cambiado. Ahora el Rick’s Bar era Sam’s Bar. Entre la nube de humo de tabaco y otras plantas, Ilsa se abrió paso hasta el reservado de la trastienda y allí estaba Rick abrazado al capitán Renault, con quien había comenzado una hermosa amistad cuando Ilsa y Víctor abandonaban Casablanca, pero, como en la canción de Sam, el tiempo pasó y mostró las verdaderas razones de Rick.  

 

IsidroMoreno  

DICEN QUE FUE UNA COPLA

 

Y continúan preguntando por mí cuando vienen a Calatayud. Mil veces han dicho que me mató una copla, pero no lo sé. Yo sólo sé que perdí mi mesón, pasé hambre, tuve frío, de puta me tacharon y me abandonó la vida.

Y aquí sigo, estoica; ya sin dolores, sólo en el nombre; sin comer pero sin hambre; fría como el bronce pero sin frío; a la intemperie, viendo pasar a las gentes y escuchando sus preguntas. Muchos se acercan a ver la placa con mi nombre a pie del pedestal. Y yo, orgullosa y altanera, sólo les miro de reojo, aunque sin rencor, casi.

IsidroMoreno

ACTRIZ ENAMORADA

Escenario De Teatro Imágenes Y Fotos - 123RF

Soy coqueta y sofisticada. Lo sé y no lo quiero evitar. Sólo tengo cuatro cosas importantes en la vida: Yo, mis vestidos, él y yo. Ya sé que me incluyo dos veces, pero es que así me estimaré como la mitad de mis importancias. Es la vanidad de las actrices.

Vivo y duermo confinada entre mis trajes que necesito para trabajar y ganarme, día a día, su cariño. No me importa que se me note que estoy enamorada.

Él me convirtió en actriz y, en cada papel, en cada función, pone sus palabras en mí, me presta su voz, su aliento y su alma. Sé que también me quiere.

Momentos antes de salir a escena, y como en un mágico ritual, me viste despacio, me alisa mi dorada melena, me habla con susurros para relajarme y a continuación, introduce su mano bajo mis sayas. Es entonces cuando creo que se me humedecen de emoción mis ojos.

Ambos sabemos que nuestro arte nace cuando me presta sus palabras; en sus movimientos de mano y sus dedos dentro de mí. Y el clímax de mi existencia comienza en el instante en que me asoma al escenario de este pequeño teatro de guiñol.

 

IsidroMoreno

A QUIEN PROCEDA

 

Huelva te mira - Huelva desde la Ría en el siglo XVIII.... | Facebook

Viendo que mi hacienda ya no la veía porque se me había esfumado, y no me apetece recordar cómo, asentar la testa quise, cuestión esta en la que me insistía mi madre a la que hace unos años perdí y con ella mi raciocinio también.

Necesitaba organizar mis horarios, comidas, bebidas, amigos y ocupaciones, aunque para ello debería trazarme nuevos horarios, procurarme alimentos, quitarme bebidas, cambiar amistades y encontrar fructífera ocupación.

Por los avatares de aquella mi atolondrada vida, tuve por tanto que rehusar a placeres, que no eran muchos ni tampoco pocos, y confieso que uno de los más mortificantes gestos a los que debí doblegarme fue la adaptación de mi hermoso velero que, a fuerza de su inmovilidad en la dársena del puerto, comenzaba a malograrse en su estructura. Entre las muchas cábalas para mi actividad futura que tan imprecisa se me hacía como oscura, concluí que el único tesoro que poseía era mi barco. Busqué, pregunté y me informé en las atarazanas acerca de los diferentes servicios que un navío podría prestar, o cuáles actividades eran las más demandadas, percatándome de que, si bien no eran pocas las posibilidades de negocio, sí que múltiples dificultades burocráticas y económicas se me presentaban, de tal forma que en mi desesperada espera y al borde del hastío, me dispuse a redactar sobre papel, un inventario de menesteres. Por primer punto la falta de dineros escribí, y así pues mi lista ya no seguí, porque ante ese grande obstáculo, redactar los posteriores sólo sería malgastar tinta y tiempo.

Quiso la suerte, no sé si buena o mala, que en uno de mis deambulantes garbeos por las callejuelas de Algeciras, mi ciudad de acogida, conociese a dos andrajosos buscavidas con los que compartí borrachera y conversación secreta. Para no alargarme en detalles que ya no recuerdo ni deseo recordar, he de decir que pronto me uní a ambos granujas y tras salir victoriosos de una pelea navajera y el robo de una bolsa de caudales a un asustado noble, conseguimos los maravedíes necesarios para adquirir, de segunda o sexta mano, ciertos enseres oportunos y restaurar mi barco para hacerlo a la mar. A la semana de conocernos mis dos nuevos socios y yo, tras la noche de borrachera y los días de apresuradas compras gastándonos el botín robado, decidí que deberíamos abandonar pronto aquella tierra firme, pues fui conocedor de las pesquisas que la justicia realizaba mientras nos pisaba los talones.

La joya de la corona serían los veinte cañones adquiridos en un desguace naval y que acoplamos a babor y a estribor para intimidar primero y, si remedio no tuviese, disparar después. Yo mismo mi velero rebauticé y su nombre con pintura negra grabé: «Temido».

De forma apresurada zarpamos. Con Algeciras a popa y proa a Estambul, tomamos por nueva patria la mar y con cegador sol de madrugada, el Temido surcaba el Mediterráneo donde pronto sería conocido por su bravura y a mí como capitán pirata, ante quien cien naciones rendirían sus pendones.

Como final de esta carta deseo hacer constar  que cuando la muerte venga a buscarme, abandonad al pairo mi navío para que las tormentas, bonanzas y levantes lo despiecen a su amor hasta que, en un rojo atardecer, sea sólo un recuerdo o, mejor, unos versos y estrofas que aprendan los niños y canten los románticos.

Y para mí, duelo no deseo, tan sólo descansar a la sombra de algún pino, porque de las vistas ya comprobé que el horizonte es curvado para no dejarnos del todo ver, manteniendo así el misterio y la curiosidad de cómo será el lugar que habrá más allá.

                

 

Fdo.: Capitán Pirata.  Año de 1730

       * * *

 Esa carta firmada por el Capitán Pirata, fue encontrada un siglo después en el puerto de Almería entre viejos legajos de documentación y contabilidad portuaria. Se conservaba dentro de un enmohecido sobre dirigido: “A quien proceda”; pero que con las señas casi roídas y apenas legibles, sólo se podía distinguir confusamente, “proceda”, término que alguna mente sagaz asoció con el ilustre escritor y, por aquel tiempo, aspirante a diputado de dicha provincia, D. José de Espronceda a quien se le hizo llegar la carta por si fuese de interés en su calidad de autoridad política y prestigioso escritor.

No se supo más del paradero de aquella epístola hasta que a mediados del siglo XX, más de un siglo después, se cuenta que en una pequeña cala de la Costa Brava, un adolescente al que llamaban Juanito encontró una botella varada entre unas cañas, la botella no contenía otra cosa que la anacrónica y romántica carta del Pirata.

* * *

A principios del siglo XXI, un joven estudiante de Historia, estructurando su tesis doctoral sobre la piratería en Europa del siglo XVIII, encontró alusiones y referencias de aquel pirata de Algeciras, de su bajel, de sus hazañas y de su carta testamento. Después de arduos meses de búsqueda de información, echando horas con teorías imaginativas y reconstruyendo historias de final a principio, además de otras averiguaciones, el estudiante de Historia encontró la relación entre la carta del capitán del Temido y la conocida «Canción del pirata» de Espronceda, pues de forma explícita —afirma el estudiante—, la idea, el texto y los términos de aquella carta son indudablemente la inspiración literal de tan famosos versos de la literatura romántica.

De similar manera confirmó sus sospechas del origen de otra famosa canción, cuyos versos también parecen compuestos con términos arrancados de la carta del Capitán Pirata del XVIII. El joven Juanito que —dicen— encontró la botella mensajera, no era otro que el cantautor D. Juan Manuel Serrat, quien compuso la más bella canción española del S. XX, a la que con gloria y acierto tituló: Mediterráneo.

 * * *

        —Aclaro, señores, que el citado estudiante de Historia soy yo mismo, servidor de ustedes, y que con esto creo dejar resumido el interés que me llevó a indagar sobre el Pirata de Algeciras que, además de esta carta que fuera origen de dos prestigiosas obras para la literatura y para la música española, me permitió encontrar relevante información acerca de la piratería y comercio por el Mediterráneo en el siglo XVIII.

Los catedráticos, boquiabiertos, seguían sentados ante el estudiante y, sin aún mediar palabra, se miraron, y tan sólo el más anciano se atrevió a decir: “¡Es una historia increíble!” y a continuación dio un aplauso pausado de solo tres palmadas.

—Sí, señores, completamente INCREÍBLE —recalcó el joven estudiante.

IsidroMoreno