EL MICROSCOPIO

Cuando me regalaron el microscopio descubrí la inmensa grandeza de lo diminuto. Empecé por las patas de mosca, sus alas, antenas de hormigas, muslos de chinches, la cabeza de un piojo con piojos, las decepcionantes caras de las mariposas y otros cientos de bichos desmembrados. Conservo las preparaciones en su lámina y protector escrupulosamente rotuladas y ordenadas. La sección de insectos ocupa casi todo mi archivo. A cualquier extraño podría parecerle la sala de los horrores al leer el índice de contenidos.  

Llevo semanas sin salir a la calle. Lo que era mi habitación de estudio y sala de música ahora está repleto de estanterías con cientos de cajas, cajitas y sobres que contienen miles de muestras microscópicas.

Estoy confeccionando un nuevo insecto con apéndices y trozos de diversos congéneres, pero cada día me siento más torpe. Mis brazos y piernas se han acortado, sin embargo, se han multiplicado. Mi cuerpo está cubierto de duros pelos. Hoy no he podido abrir el sobre de correos que me han depositado bajo la puerta. Sé que viene a mi nombre, Gregorio Samsa, y que el remitente es un tal F. Kafka. Mañana lo abriré si mis tentáculos me lo permiten.     

IsidrøMorenø 

EL CUADRO

La sala únicamente alberga un cuadro de la exposición, aunque es el de mayor tamaño y precio. La obra representa un taller de pintura. Al fondo aparece de espaldas el artista ante su caballete y, que con pincel en mano, trabaja sobre el ángulo inferior derecho, donde se difumina la escena de un niño que juega con un barquito de papel en una acequia. A la derecha de la figura del pintor, en el suelo y bajo el caballete se aprecia, perfectamente dibujado, un barquito de papel sobre un pequeño charco de agua que brilla en el ajado terrazo del taller.

Mientras admiro la peculiar belleza del cuadro, observo que, por mi lado derecho, avanza hacia mis zapatos, un reguero de agua con un blanco barquito de papel encallado en el parquet del museo.

A petición de mi esposa, quedo inmóvil para que pueda fotografiarme de espaldas. Oído el clic de la cámara, me giro y contemplo que, a su derecha, hay un niño rubio, arrodillado y jugando con un pequeño barco de papel sobre un charco de agua. 

Recomiendo al lector que eche un vistazo a su derecha. Hacia el suelo.

IsidrøMorenø

CABALGATA

El vídeo se hizo viral en las redes. Los infortunados reyes magos cayeron de la Zodiac poco antes de alcanzar la playa. Un grupo de personas les aplaudían y animaban mientras ellos, con sus empapados trajes, coronas, fajines, turbantes y abalorios, se esforzaban por pisar tierra firme. Con estoica sonrisa y frío en el cuerpo, correspondían al saludo de aquellos que no presenciaban la cabalgata oficial que abarrotaba el paseo marítimo. Estos azorados magos pronto se escabulleron entre la multitud y la comitiva disfrazada en torno a las carrozas. Sin embargo, a muchos les sigue sorprendiendo que los tres reyes fuesen Baltasar, incluso el timonel de la embarcación también era negro.

IsidrøMorenø

FADE TO WHITE

El cielo estrellado es tu única visión. Tumbado sobre hierba seca, cardos y piedras, intentas averiguar cómo has acabado así. Tu cuerpo no te responde; solo tus ojos parecen obedecer aunque lo único que pueden ofrecerte es el manto celeste que centellea en estas noches de verano. Una ráfaga de olor a gasolina y el silencio te ponen en alerta. Mientras tu mirada se arrasa en lágrimas, tus recuerdos en celuloide se interponen entre tu malogrado cuerpo y el infinito bosque de estrellas. Es agosto, pero sientes frío. Ahora tus recuerdos se diluyen en un fundido a blanco mientras te internas en un luminoso túnel; en el mismo que estoy yo, observando desde el final de ese túnel a mi yo inerte y desamparado junto a un arcén. Mientras me contemplo empiezo a comprender y a desvanecer: el coche, el sueño, la nada, mi vida en fotogramas, la nada, el túnel, mi alma, la nada y mi cuerpo zarandeado por alguien, luces intermitentes, voces, sonidos de sirenas… No quieren que me duerma. No quiero dormir. Quiero vivir. Qué alegría es volver a la vida y cuánto gozo hay en mi película por poder retrasar el «The End».    

IsidrøMorenø

EL CONSTRUCTOR DE HISTORIAS

Se acercaba Halloween y aún no tenía relato para el dominical del periódico. Me propuse escribir sobre un trozo de historia que, hacía poco, había oído vagamente por la radio. Esa noche anoté algunas ideas, pero era muy tarde y las musas estarían dormidas o, simplemente, me ignoraban.

Ya en la cama seguí imaginando historias de sombras que habitaban la vivienda y que, como imperfectos hologramas, se me aparecían y se desvanecían, primero en el pasillo, luego, en cualquier otra estancia. Las fugaces sombras siempre eran de dos fornidos varones cuya presencia yo percibía por el ruido de su respiración, o veía por el rabillo del ojo unas cimbreantes líneas de siluetas o, directamente, me topaba con las sombras negras; a veces más negras que la oscuridad del pasillo.

Mi esposa me despertó de aquella aterradora pesadilla. No volvimos a comentar nada sobre ese tema. Me propuse que nunca más me iría a la cama con historias de terror en mente.

Una semana después, me he sentado a escribir el relato para el periódico. Tengo angustia. Sé que ahora están detrás de mí. Percibo su frío aliento en mi nuca, pero no me atrevo a mirarlos desde hace una semana.  

IsidrøMorenø

MIRANDO AL MAR

Una decena de postes están clavados en la arena de la playa. El nutrido grupo de amazonas de feroces y firmes rasgos se afanan en amarrar a diez hombres. Cuerpos desnudos. Manos y pies atados a los postes. Siempre ojos vendados y cara al mar.

Los varones presentan sus penes decaídos; seguro que también sus ánimos y esperanzas.

Solo se oye el romper de las olas. Ella, a quien llaman «la Guerrera», desciende de su caballo para iniciar el ritual. Enarbolando un machete se dispone a cercenar las pollas de esos elegidos. El resto de la comitiva femenina se ocupará de hacerle comer, uno a uno, su propia piltrafa sanguinolenta.       

Mientras escucha los gritos desgarradores de aquellos desgraciados, Guerrera recuerda sus propios gritos y los de su familia cuando, aún niña, intentaba zafarse a golpes de esos “seres queridos” que pretendían mutilarla. Consiguió huir sin ablación, pero con firme juramento de venganza.

IsidrøMorenø

SECRETOS DE FAMILIA

Los cambios extremos de temperatura, el polvo y el abandono en la vieja casona habían despellejado la pintura de los suntuosos trajes y las máscaras orientales. Los rostros de ambos modelos, en aquella peculiar copia del apasionado beso de Klimt, habían quedado al descubierto.

Mientras descuelgas el cuadro, descubres, con doscientas pulsaciones por minuto, el oscuro misterio familiar causante de múltiples desasosiegos e intuyes que ese hombre no solo fue modelo colega de tu madre. Ese varonil rostro se te presenta como un espejo.

Decides enviar el cuadro con su secreto a la hoguera. Todo seguirá igual que siempre, pero tú ya has conocido a tu verdadero progenitor y causante de las intrigas familiares.

IsidrøMorenø

LA ÚLTIMA ÚLTIMA CENA

Y yo os digo que uno de vosotros me traicionará esta noche.

Acabada la frase de Jesús, Juan y Pedro se abalanzaron sobre Judas. Acto seguido, los trece comensales se debatían en gran melé, unos por separar y calmar y otros por alcanzar a Judas para asestarle algún guantazo. Platos, copas y vasijas volaban por los aires o rodaban por los suelos. Jesús, ante la imposibilidad de instaurar el orden entre sus apóstoles, hizo mutis por el foro. Como director salí a escena para aplacar y calmar a los alumnos. De pronto, espectadores y padres de los actores tomaron el escenario entre forcejeos e improperios para defender cada cual a su hijo, o reprender a algún apóstol, o salvar al malogrado Judas.

Como responsable pensé que me había equivocado en la elección de obra o en el reparto, o quizás el Método Stanislavski de Identificación con el personaje habría dado frutos y celos insospechados.

Sin embargo, todo me quedó claro cuando en el patio de butacas observé al “apóstol Juan”, iniciador de la trifulca, arrojando al suelo una bolsa con monedas que acabada de recibir de un siniestro y satánico espectador.

Y un tenue olor a azufre invadió la sala.

IsidroMoreno

JUSTICIEROS DEL AMOR

Eran los sábados cuando las “eroavionetas” colmadas de amor y pasión sobrevolaban nuestro barrio. Desde primeras horas, nos manteníamos alerta para disfrutar de la llegada y descarga de roscos que, en forma de corazones, arrojaban aquellos aparatos. Muchos vecinos jóvenes, mayores y medianos salíamos a la calle ansiosos de pasión, con los brazos abiertos al cielo y como si de un maná se tratase o como en una cabalgata de reyes, intentábamos atrapar al vuelo alguno de esos roscos del amor. Para evitar lesiones, la policía no permitía paraguas invertidos. No valía tomarlos del suelo, pues si caían quedaban rotos e inutilizados para siempre. Había personas que salían con máscaras y disfraces para evitar, se supone, ser reconocidas quizás por su pareja que también podría estar esperando otra oportunidad; también había ambiciosos que pillaban varios “roscos acorazonados”: eran la envidia de quienes no cogían nada y tendrían que esperar al próximo sábado.

Todo acabó un día cuando un ejército de angelitos justicieros, con arcos y flechas, atacaron a las promiscuas “eroavionetas” para expulsarlas del espacio aéreo del barrio. Desde entonces, a menudo y sin avisar, los angelitos escondidos quién sabe dónde, escogen y lanzan flechas directas solo a corazones errantes.

CONTRA CORRIENTE

Entre sonorosas cascadas y verdes hojas mecidas al compás de sus cánticos, aguarda, sin prisa, la sirena. Un año más será objeto de lujuria, motor de instintos primarios y causa de luchas entre los más jóvenes.

Los mayores intuyen que, tras la dura remontada del río, la reproducción se ha de realizar por desove y fecundación sólo entre parejas de salmones.

Los aún inmaduros, desoyendo normas y consejos, caerán rendidos ante tan singular atracción y belleza de esa hembra de extraño torso, larga melena y cola de pescado. Sin embargo, cuando estos ilusos jovenzuelos descubren que solo serán parte de su festín y principal alimento, siempre es tarde.  

 

IsidroMoreno