EN EL HOSPITAL

Estaba muy nervioso, conducía rápido porque era tarde. Debía llegar al hospital, aparcar, perderse por los pasillos hasta encontrar la consulta…

Por fin, después de saltarse un semáforo en rojo y escuchar varias pitadas  de otros coches, consiguió entrar en el recinto hospitalario. Ahora procedía buscar aparcamiento, tarea difícil a esas horas, pues encontrarlo pronto sería como si te tocase la lotería.

Tras unas desesperantes vueltas por el parking, vio a unos metros delante que un vehículo maniobraba para salir de una plaza, por lo que en un rápido acelerón, se situó a su vera con el intermitente accionado para indicar que ¡era suyo!, pero inmediatamente oyó un claxon y una mano que saliendo de la ventanilla de otro vehículo parado enfrente, le avisaba de algo…

¡Ah! Al parecer le indicaba que ella estaba antes esperando para aparcar. Desatendiendo a todo, de un volantazo estacionó en la deseada plaza de aparcamiento ante la sonora pitada del coche de aquella rubia que,  asomando la cabeza por la ventanilla, soltaba improperios por su boca, por lo que él, ajeno a todo, sacó también su brazo por la ventanilla y en un enérgico gesto, le mostró el dedo corazón erecto, o también llamado gesto de “peineta”, evitando así la confrontación dialéctica.

Acabado el percance, corrió hasta encontrar la sala de espera a consultas en la que, después de todas sus prisas y carreras,  hubo de esperar un largo rato que le permitió pensar y sentir el miedo a lo desconocido, pues era la primera vez que visitaba al urólogo para un tacto rectal que su próstata, al parecer, exigía.

Al fin oyó su nombre, entró a la sala de consulta y tras la mesa…

Llegados a este punto, el lector ya habrá imaginado que tras la mesa, estaría la doctora que le habría de realizar el tacto rectal y que se trataba de la rubia del coche acordándose de la jodida “peineta”, ¡pero no! Tras la mesa se sentaba un simpático urólogo, bajito, de gran contorno en forma de barril, con manos regordetas y dedos cortos pero muy, muy gordos.

 

IsidroMoreno

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PASEANDO

 

PASEANDO

Antiguas experiencias así como otras banales historias salían de mi boca y mi mente con toda vehemencia, inspiradas por ese agradable momento de paseo junto a mi hermano. Me sentía feliz quizás por su compañía, quizás por el paseo junto al mar, o quizás por la brisa y el sol.

De pronto me vi insistentemente observado por muchos transeúntes que con descaro me escudriñaban de arriba a abajo con sus miradas, lo que me hizo detenerme y contemplar detenidamente mi aspecto, tal cual me lo hacían a mí.

Pasados unos segundos me percaté de la situación real, comprobando que andaba con chanclas, pantalón corto, torso desnudo, camiseta en mano, por las inmediaciones del Museo del Prado, hablando solo -pues nunca tuve hermanos- y todo esto en pleno mes de octubre.

¡Dios mío, cuánta confusión y qué vergüenza sentí!

Hace dos semanas de aquella experiencia. Mi esposa, por “prescripción facultativa” -dice- ya no me permite salir solo a la calle, pero en ocasiones le pido permiso a otra señora que a veces está en casa y que no sé quién es.

Tampoco me deja salir. ¡No lo entiendo!

IsidroMoreno    

CAMBIOS

 

CAMBIOS

Al principio sólo era algún cabello que otro entre los peines o sobre el lavabo cada vez que me peinaba, pero advertí también pequeñas  plumas entre ellos y estaba segura que ¡eso no eran pelos!

Con el tiempo, aquello se me hacía incómodo a la par que extraño. Tanto que luego lo extraño era ver algún pelo entre las plumas.

Cambié de aspecto, de costumbres y también de domicilio.

Actualmente vivo en lo alto del campanario de la iglesia del pueblo, donde me encuentro en una posición privilegiada pues estoy en lo más alto y con vistas panorámicas.

Lo que no acabo de comprender son las insistentes miradas y señalamientos que desde abajo  me hacen los transeúntes, especialmente las mujeres, muchas de ellas embarazadas y que desde mi campanario no llego a entender qué le cuchichean a otros niños que llevan de la mano.

IsidroMoreno