MANIFESTACIONES

MANIFESTACIONES

Como cada día y desde hacía unas semanas, el regio edificio de la sede central de la entidad bancaria, se veía rodeado o más bien tomado por diferentes grupos de exasperados individuos que protestaban por la estafa  en la comercialización de determinados productos financieros o bien otro día estaba presente una plataforma anti desahucios  y casi todos los días, grupos sindicalistas reivindicando los derechos de los trabajadores de dicho banco.

Todos estos grupos además de poner voz en grito sus reivindicaciones, pretendían verse cara a cara con el director general que sabían, mantenía su lujoso despacho en dicho edificio.

Día tras día esperaban la salida de los trabajadores, pero nunca conseguían ver salir al director general, a pesar de controlar las  salidas posibles.

Entre los pequeños grupos de hombres y mujeres empleados de la entidad que salían con gesto asustado,  el director general comentaba a su compañero “de fuga”, – ya estoy harto de calzarme todos los días estos vertiginosos tacones, esta estúpida minifalda y la melena rubia de drag queen. 

– No se preocupe usted don Severo, las aguas volverán a su cauce.

Don Severo siguió con su caminar sobreactuado de transformista afeminado y en sus pensamientos le abordaba la placentera idea de,  en un futuro no muy lejano, poder convertirse en una gran drag queen  y dedicarse al fabuloso mundo del espectáculo, tras descubrir cierto regusto inconfesable que había saboreado en las últimas semanas.

IsidroMoreno

LA JAULA

LA JAULA

Adriana se pasaba muchos ratos contemplando aquella jaula blanca, de finos barrotes blancos que custodiaban la libertad de aquel pájaro también blanco.

Cada tarde, cuando llegaba de la guardería, la preciosa niña  se acercaba a la jaula y saludaba alegremente a aquel inquilino que resultó ser inquilina ya que se llamaba Petra, según le puso por nombre la abuela de Adriana.

Petra no piaba, ni hablaba, ni saltaba. Siempre miraba fijamente al infinito como queriendo traspasar aquellos barrotes.

A Adriana no parecía importarle la inactividad ni la indiferencia de Petra, pues lo suplía perfectamente con la gran imaginación de la que hacía gala continuamente y que le permitía establecer acalorados soliloquios.

Un día, Adriana introdujo su pequeña mano en la jaula, extrajo la pajarita de papel y la lanzó por la ventana. Su abuela le preguntó por qué lo había hecho. La niña le respondió “Petra quería irse con sus  hermanos que vuelan por el cielo”

Al día siguiente, la jaula blanca estaba habitada por una preciosa rosa roja, también de papel.

Hoy, abuela y nieta están hablando a la rosa roja. La niña le sonríe. La abuela lleva en la mano…  un libro de papiroflexia.

 

IsidroMoreno.

UNA NOCHE

La noche cubría la calle tomada por hordas de gentes que, con antorchas en mano, corrían gritando consignas apenas inteligibles, clamando a voces o buscando a familiares. El caos era inquietante por lo que decidí abandonar la ventana y salir.

Apenas había pisado mi calle, cuando fui amarrado por unos hombres armados que me empujaban, me golpeaban y como en andas, me llevaban no sabía dónde.

Las primeras noches de mayo, aún eran frescas y yo había salido de casa en camisa. Tiritaba de frío y de miedo.

Eran sublevados que corrían huyendo de las tropas enemigas y éstas me habrían tomado por uno más. Quizás entre los ocres colores de los parroquianos, mi inmaculada camisa blanca y mis pantalones color pastel, fueran centro de diana en mitad de la noche.

Me vi formando una fila de desafortunados seres que entre sollozos, me transmitieron mi cruel destino del que de forma irremediable, ya sólo me separaban unos metros. Sin embargo, no quise derrumbarme e intenté desenterrar mis últimos vestigios de dignidad.

A mi izquierda, veía mi pasado: la fila que hasta aquí me había arrastrado, compuesta por desolados parroquianos y que se perdía en la oscuridad de la noche primaveral bajo un murmullo de lamentos.

A mi derecha, mi futuro: los cuerpos de varios hombres yacían inertes sobre regueros de sangre.

El panorama era desolador. Yo, con impoluta y nívea blusa, ante un farol que iluminaba la escena, mi cuerpo y mi alma, grité y levanté enérgicamente mis brazos al cielo, ofreciendo mi rabia ante el cobarde pelotón de fusilamiento, que apuntándome con sus fusiles cubrían unos rostros anónimos de hombres exhortados mediante órdenes en francés.

De pronto oí una voz que en tono jovial, me llamaba… —¡Eh tú, madrileño de la camisa blanca… ven aquí!   ¿Pero qué haces ahí muchacho?— me decía mientras se acercaba a mí.

¡Era Paco! Sí… Francisco de Goya, que pincel en mano y tras un caballete, me había reconocido. ¿A mí?

En ese mismo momento una susurrante voz me decía: —señor ya es la hora de cerrar—. Era una vigilante del Museo de El Prado que cogiéndome por el brazo, me acompañó amablemente hasta la salida.

IsidroMoreno