EL MICROSCOPIO

Cuando me regalaron el microscopio descubrí la inmensa grandeza de lo diminuto. Empecé por las patas de mosca, sus alas, antenas de hormigas, muslos de chinches, la cabeza de un piojo con piojos, las decepcionantes caras de las mariposas y otros cientos de bichos desmembrados. Conservo las preparaciones en su lámina y protector escrupulosamente rotuladas y ordenadas. La sección de insectos ocupa casi todo mi archivo. A cualquier extraño podría parecerle la sala de los horrores al leer el índice de contenidos.  

Llevo semanas sin salir a la calle. Lo que era mi habitación de estudio y sala de música ahora está repleto de estanterías con cientos de cajas, cajitas y sobres que contienen miles de muestras microscópicas.

Estoy confeccionando un nuevo insecto con apéndices y trozos de diversos congéneres, pero cada día me siento más torpe. Mis brazos y piernas se han acortado, sin embargo, se han multiplicado. Mi cuerpo está cubierto de duros pelos. Hoy no he podido abrir el sobre de correos que me han depositado bajo la puerta. Sé que viene a mi nombre, Gregorio Samsa, y que el remitente es un tal F. Kafka. Mañana lo abriré si mis tentáculos me lo permiten.     

IsidrøMorenø 

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