¡A los toros!

Antonio Domecq en corrida de rejones, Sevilla

¡A LOS TOROS!

No me gusta “la fiesta” taurina, pero sin saber cómo, me encuentro sentado viendo el tan contradictorio espectáculo,  buscando  ese arte que dicen que lleva implícito la lucha en la arena entre un morlaco y el torero. Aparte de sentir  pena por el pobre toro, no percibo mucha vibración artística. Supongo que no debo tener sensibilidad para el arte.

Sí, reconozco que  en algunos momentos, me embriaga el clamor del público unido a la música de pasodoble que con gran entusiasmo interpreta la banda de uniformados músicos.

Me sorprende no obstante, el silencio, el respeto que el público está mostrando ante determinadas acciones del torero. Ahora no hay “olés” ni aplausos, sólo silencio general…  el torero, muy concentrado,  con muleta y espada en ristre, se coloca e intenta colocar al toro para darle muerte.  En un decidido y mayestático paso hacia adelante, hunde el acero “hasta la bola”…  Tras unos segundos, el animal yace sobre el albero…

Sorpresiva y repentinamente el toro se levanta, el torero le extrae la espada y vuelve a ponerse ante él de forma amenazante ¡Oh no, no es posible!, sin embargo ahora vuelve a recoger su espada y andando hacia atrás… ¡parece arrepentirse!…

Afortunadamente  Adriana, mi nieta de dos años, me entrega el mando a distancia del televisor, al que había pulsado la tecla rewind.  Le doy al stop para no ver más el espectáculo hacia atrás. Ya he visto suficiente.

 

IsidroMoreno

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LA RESIDENCIA

LA RESIDENCIA

 Mamá, sabes que todos los domingos nos vemos. Realmente este hospital psiquiátrico es muy alegre y ubicado en plena naturaleza. No te preocupes por el personal de las batas blancas, están para ayudarnos y no tendrías que sentirte intimidada. Esto no es ningún manicomio como tú sueles decir. ¡No te quejes mamá!

Hijo mío, yo sólo deseo que pronto podamos estar juntos. Dicen que la psiquiatría ha avanzado mucho en los últimos tiempos. ¡Esperemos que sea cierto!, ya soy anciana y te necesito a mi lado.

Mamá pero reconoce que estás loca. También aquellas enfermeras de bata blanca están locas y el estúpido director que parece vigilarnos, también está loco, ¡loco!, por eso voy a volver a tirar la silla contra el cristal, ¡para que podamos escapar de estos locos! – su voz subía de volumen – ¡Quiero gritaaaar!  ¡locooosss!

Una silla fue lanzada contra la cristalera de la luminosa sala de visitas. Rápidamente, varios enfermeros se abalanzaron para reducir al fornido hijo de aquella entrañable anciana que con lágrimas en los ojos, lamentaba presenciar cómo una vez más se llevaban a su hijo con la camisa de fuerza.

 IsidroMoreno

EL DESVÁN

El desván aparecía abigarrado de viejos objetos, muebles, estanterías repletas, en fin, todo aquello que para mí me definía lo que era el desván de una casa, algo similar a los meandros de un río, donde quedaban varados los sedimentos de unas vidas, de una familia, de un hogar y que, por una especial suerte, el cauce del tiempo no los había arrastrado hasta ningún desangelado mar.

En breve se iniciarían obras en la vieja casona familiar del pueblo y antes de tirar muchos de los muebles y objetos que allí permanecían, me lo comunicaron por si deseaba salvar de la destrucción algo de mi interés.

Al llegar, me dirigí a las estanterías del desván, que presentaban una pátina de polvo que todo lo cubría como si fuese un uniforme institucional y que además parecía unificar la línea del tiempo. No era así, pues yo sabía que tras cada objeto, había una historia anclada en un tiempo concreto que, en algunos casos, databa de casi cien años atrás.

Estuve desempolvando y hojeando apuntes y libros de mis primeros años de bachiller.

Entre las hojas de un libro de Lengua Española encontré un sobre amarillento. En la primera página del libro, tal como acostumbraba, estampaba mi firma, el lugar y la fecha: Madrid, curso 1968-69.  Con gran curiosidad abrí el sobre. Había un billete de cien pesetas y una nota manuscrita:

 «Sabes que no tengo apenas dinero y que sois muchos nietos, pero quiero que este año, mi nieto el mayor, para su santo, reciba un regalo de su abuela.   P.D.: No lo digas a nadie».

Mi santo era el quince de mayo, cuando comenzaban los exámenes finales y, tras ellos, los libros solían quedar relegados y olvidados no se sabe dónde.

Nunca hubiera imaginado la existencia de aquella sorpresa y lamentaré siempre no haberle dado las gracias a mi abuela.

El billete de 100 pesetas lo acabo de plastificar como marcapáginas, así también podré recordar a aquella persona a la que tanto quise.

 

IsidroMoreno

(Noviembre-2013)

DOMINGO

DOMINGO

Conducía a toda prisa, como siempre, como si fuera a llegar tarde. ¡Pero era domingo, no iba al trabajo y aunque me retrasara, sólo iba a pescar, por lo que ni cerrarían el río ni los peces se cansarían de esperarme -pensaba yo-.

El vehículo que circulaba paralelo al mío, se me cruzó peligrosamente, por lo que he debí realizar un frenazo y brusco giro de volante para evitar la colisión.  Tras el susto y debido a la parada ante el semáforo, me encontré nuevamente en paralelo con el estúpido conductor al que, a través de la ventanilla,  le he lanzado innombrables e innumerables vituperios, pero lejos de pedir perdón o amedrentarse, me los devolvió todos con creces, en palabras y especialmente con un amenazante gesto en duro  rostro de pobladas cejas en forma de “M”  y una mancha roja en la frente…

Horas más tarde, sumergido  hasta las rodillas en el río, con mi flamante equipo de pescador  dominguero, disfrutaba del entorno de mi nuevo hobby lanzando mi caña con verdadero entusiasmo.

Repentinamente, mi bota resbaló al pisar un gran guijarro, lo que me hizo perder el equilibrio. Caí y sin saber cómo, me vi sumergido en una fosa del río, sobre piedras y entre raíces que una y otra vez,  me impedían retomar el equilibrio, pues como si de sogas se tratase, me atrapaban y amarraban al frío lecho del río.

Increíblemente la situación se hizo desesperante y peligrosa, por lo que creo que debí pedir socorro o chillar maldiciendo mi suerte. Ya apenas podía emerger la cabeza para respirar, cuando de pronto, me sentí fuertemente agarrado por la espalda y extraído de la poza.

Agradecido, miré a mi salvador. Vi un duro rostro de pobladas cejas en forma de “M” y una mancha roja en la frente.

 

IsidroMoreno

(Texto de 300 palabras)