EL CONSTRUCTOR DE HISTORIAS

Se acercaba Halloween y aún no tenía relato para el dominical del periódico. Me propuse escribir sobre un trozo de historia que, hacía poco, había oído vagamente por la radio. Esa noche anoté algunas ideas, pero era muy tarde y las musas estarían dormidas o, simplemente, me ignoraban.

Ya en la cama seguí imaginando historias de sombras que habitaban la vivienda y que, como imperfectos hologramas, se me aparecían y se desvanecían, primero en el pasillo, luego, en cualquier otra estancia. Las fugaces sombras siempre eran de dos fornidos varones cuya presencia yo percibía por el ruido de su respiración, o veía por el rabillo del ojo unas cimbreantes líneas de siluetas o, directamente, me topaba con las sombras negras; a veces más negras que la oscuridad del pasillo.

Mi esposa me despertó de aquella aterradora pesadilla. No volvimos a comentar nada sobre ese tema. Me propuse que nunca más me iría a la cama con historias de terror en mente.

Una semana después, me he sentado a escribir el relato para el periódico. Tengo angustia. Sé que ahora están detrás de mí. Percibo su frío aliento en mi nuca, pero no me atrevo a mirarlos desde hace una semana.  

IsidrøMorenø

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