PELLIZCOS

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Otra vez caía al vacío. Confieso que a veces me resultaba placentero, pero ya estaba harto del mismo sueño. Me pellizqué para finalizar la pesadilla, pero ¡coño!, no me desperté porque ya estaba despierto, ergo, ¡estaba cayendo de verdad!

Me vi tumbado en una camilla de hospital. Era una estancia de altos techos, con una diminuta luz blanquiazul procedente de alguno de los artilugios hospitalarios que emitían rítmicos, y apenas audibles sonidos, en el silencio de la noche. La escasa iluminación procedía de la luz fría del pasillo que se colaba a través de la puerta levemente entreabierta. Al familiarizarse mis ojos con esa oscuridad, también descubrí que un sutil resplandor urbano se filtraba por las últimas rendijas de la persiana. Sería otra pesadilla, pensé. Intenté de nuevo la técnica del pellizco, pero no pude. Claro que no podía; ambos brazos los tenía inmóviles y enfundados en escayola. Además, tenía una pierna enyesada y amarrada a un caballete. Seguí con mis sorpresas al descubrir que un importante vendaje me cubría gran parte de la cabeza.

Algo me decía que aquello tampoco era un sueño sino una tétrica realidad. No sólo me sentía sobre el colchón, sino que me observaba a mí mismo desde una etérea altura de casi dos metros. Necesitaba saber si era un cuerpo yacente en catre o un vivo flotante en una lúgubre estancia. O quizás, viceversa.

Hoy, mientras recuerdo esas horas, o días o, en definitiva, mi vida anterior con mis pesadillas, si es que lo eran, intento averiguar qué parque es este, en qué ciudad estoy y lo más inaudito que acabo de descubrir y que no puedo creer: por qué estoy encerrado en este cuerpo de mujer que en nada se asemeja a mi anterior estructura varonil que siempre me acompañó y marcó mi existencia en este mundo.

Además, estoy empezando a dudar si en realidad es mi mundo. Me pellizco. Sufro el dolor. No es un sueño es una real pesadilla.

 

IsidroMoreno

GENIO Y FIGURA

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Aquel libro recogía algo más que una historia. Era lo que esperaban del espía encerrado en esa prisión.

Sus esbirros simulaban desconocer la existencia del libro que él mismo había encuadernado en talleres de la cárcel. Sería cuestión de tiempo hacerse con el manuscrito, pensaban.

Jamás habían obtenido confesión alguna del agente extranjero a pesar de las múltiples torturas que casi acaban con su vida. Algunos creyeron que en verdad no sabía nada.

Cuando apareció ahorcado en su celda, pronto encontraron el revelador libro de modesta encuadernación y, tras análisis minucioso, se constató que todas las páginas estaban en blanco salvo la última que en letra clara decía: Volvería a hacerlo.

IsidroMoreno

JUEGOS PROHIBIDOS

 

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Vete a jugar a tu cuarto hasta que llegue papá. Es la frase más repetida de mi madre al cabo del día y es que mi hermano la desquicia con sus continuas travesuras.

A menudo oigo a mamá hablar en su dormitorio. Hoy no estaba cerrado y se han confirmado mis sospechas: estaba sola, sentada ante el tocador, con un vaso invertido, a la luz de una vela y observando no sé qué; quizás, unas fotos.

Antes de abandonar la ruinosa casa, le he reprochado una vez más, que no tengo hermanos, que a papá nunca lo conocí y que ella murió durante mi parto.

Por mi parte, prometo no pisar de nuevo esos escombros ni volver a jugar a la Ouija.

 

IsidroMoreno

CAMBIO DE PLANES

 

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Nos requisaron nuestras manzanas envenenadas, pues tal era la codicia de nuestros guardianes y verdugos, que robaron y comieron nuestra fruta aliñada con pócima mortal y, entre espantosas muecas y alaridos, fallecieron.

La perplejidad nos invadía, pero nos hacía felices. En pocos instantes, al ver exánimes a nuestros crueles opresores, cambiamos la angustia y nuestro deseo de suicidio, por las ansias de escapar; de vivir; de ser libres. 

IsidroMoreno

MI CUMPLE

 

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Hoy el jardín se viste de gala. Las margaritas, cruces, amapolas, el ciprés y las marmóreas tumbas evocan la vida y la muerte como las caras de una moneda.

Las hermanas del recoleto convento vienen a felicitarme, me regalan jarrones con flores naturales, de papel o de barro. Aunque todas vestimos el hábito marrón de raída lana y toca negra en la cabeza, ya nos conocemos por nuestros movimientos que nos delatan incluso desde lejos.

Yo permanezco tumbada y veo las caras, radiantes de las novicias, adustas las veteranas y advierto las lágrimas de la madre abadesa que fuera mi amiga y confidente. Ambas sabemos que pronto nos juntaremos.

Hay dos monjas veteranas que, a menudo, las oigo llorar temerosas por sus achaques de salud, que graves y sin remedio parecen. Hoy no lloran.

Las dos novicias, alegres y llenas de vida, disimulan su cariño impuro que, cada día, se demuestran a escondidas entre las cruces o bajo el ciprés, juntando desazonadamente sus cuerpos para empaparse con apasionados besos. 

Cae la tarde. Tras el lastimero toque de campana, el camposanto queda triste y vacío. Veo las flores a los pies de mi tumba y vuelvo a pensar en la eternidad.

IsidroMoreno