RECUERDOS VELADOS

Habían llegado mis tíos, mis primos, vecinos, compañeros del cole y gentes que yo no conocía, pero me acuerdo que esa tarde lo pasamos de maravilla con tantos familiares y amigos. Algunos hacía mucho tiempo que no los veía. Nunca había estado en ese edificio, pero era bonito, o extraño, no sabría bien definirlo aunque eso me daba igual porque corríamos y jugábamos fuera, en los jardines y también dentro. A veces me fijaba en la gente mayor y no entendía que estaba ocurriendo, pues unos hablaban y hablaban, otros callaban y parecían serios, y otros, a los que yo más conocía, de vez en cuando lloraban, sin embargo, lo más extraño para mí era ver a través de un cristal, como en los escaparates, al abuelo acostado, con la cara pálida y muy serio.

 

 IsidroMoreno

ÚLTIMA RUTA

 

Sainttropezarquitectura De La Ciudad En El Puerto Foto de stock y ...

Jamás haré la Ruta 66 en moto desde Chicago a Santa Mónica. Me conformaré repitiendo la hechizante travesía europea que ambos iniciamos en París y que, en breves momentos, finalizaré solo en la eterna Roma.

Con música de acordeón parisino y ahora sobre cuatro ruedas, rememoro los idílicos momentos vividos entre castillos del Loira y vuelvo a contemplar la foto del beso en una dársena de Saint Tropez.

De nuevo recuerdo que hoy viajo en solitario, pero te hablo y te añoro como a tantos lugares que ya no visitaré. No sé si conduzco sobre ruedas o soñando. En la curva la perdí a ella y parte de mí. Ya nada es igual.  

He llegado al final del viaje, pero descubro con horror que no encuentro el Coliseo; ha desaparecido y en su lugar solo hay un hueco negro. Miro hacia abajo y, junto a las ruedas, encuentro la postal del Coliseo que despegada del álbum que mantengo sobre mis quebradas piernas, me recuerda el destino inalcanzado del que fuera mi último viaje sobre dos ruedas, desde entonces permanezco atado a esta silla de minusválido para siempre jamás. 

 

IsidroMoreno

 

SENTIMIENTOS DESBOCADOS

Se disponían a cenar, pero antes, Jesús quiso dirigirse a sus amigos con unas palabras de agradecimiento por su amistad y ayuda. Lo hacía también a título individual; comentaba las virtudes de cada uno y recordaba divertidas anécdotas. Además anunció que alguien, muy pronto, le negaría su amistad y que incluso uno de ellos le traicionaría. Al oír esto, todos miraron a Judas Iscariote. Andrés y Pedro se levantaron y, con el puño en alto, se dirigieron hasta el Iscariote. A ellos les siguieron Simón, Tadeo y luego el resto, a excepción de Juan que se mantenía a la derecha de Jesús. Rápidamente se formó una trifulca entre los que querían pegar a Judas, los que querían separarlos y los que querían salvar el vino y los alimentos que estaban sobre la mesa.

Finalmente, el director subió al escenario y a grandes voces consiguió parar la riña que, una vez más, se había montado en el ensayo. De nuevo les explicó a sus alumnos que, en teatro, “meterse en el papel” no significa renunciar al texto ni olvidar que se trata de una actuación. Mientras tanto, Judas, Carlitos García en la realidad, mantenía el brazo levantado. El profesor, y director de la obra, ya sabía que se trataba de otra renuncia más al papel de traidor.

IsidroMoreno

MIENTRAS RONCABA

Campo de girasoles en Soria por Olaya Ortega | Fotografía ...

El labriego vigilaba sus campos con una inusual arrogancia que incluso los recios girasoles habían percibido. Además, dicen que uno de ellos escuchó una conversación en la que el hombre comentaba su deseo de cambiar toda la plantación para renovar la tierra y cambiar de productos hortícolas.

Un día, por unánime decisión, decidieron revelarse. Con su faz cabizbaja como protesta, aunque con gran pena, dejaron de mirar al sol y solo se giraban para dar la espalda al hortelano cuando este aparecía por la extensa huerta.

La voz corrió por toda la plantación y, tanto las leguminosas, como algunas frutas y en especial los asustadizos gamusinos, entraron en pánico y todo desmejoró en su aspecto y se eclipsó la alegría de la huerta.

Primero desaparecieron los girasoles, luego las lentejas y, finalmente, las llamas arrasaron los rastrojos y con ello el hábitat de los gamusinos, pero el líder del grupo, enfurecido ante tal despropósito, juró venganza.

Una noche, en la quietud de final de verano, decenas de manchas luminosas comenzaron a entrar por la ventana abierta del dormitorio. El raído visillo se meneaba sin apenas oponer resistencia a la brisa débil de medianoche. Las lucecillas trepaban por el lecho, las sábanas y el cuerpo semidesnudo del hortelano, al que las lentejas y gamusinos le habían tildado de pirómano. Los girasoles no habían vivido para contarlo, pero quizá la venganza anunciada por sus vecinos sería el justo castigo.

Aunque el sueño del labriego era profundo, y sus ronquidos más, unas cuantas lucecillas escalaban hasta sus narices, su boca abierta y sus ojos cerrados. El final de su sueño parecía cercano.

Los invasores, al entrar por los lacrimales o instalarse en los párpados cerrados, acabaron con el baboso sueño del hortelano que finalmente abrió los ojos, miró hacia la ventana y observó que a través de los agujeros de la persiana, se filtraban cientos de ellas. No eran luciérnagas; no eran los gamusinos desterrados; eran simples manchas de luz procedentes de una inmensa luna llena, porque, como el lector sabe, los gamusinos no existen, sin embargo, son un elemento que suele acoplarse de forma magnífica en cuentos para niños y, a veces, para mayores.

Y así, más o menos, se lo hice saber a mi hija pequeña cuando le narraba este cuento que me inventaba al hilo del momento, pero al ver su cara de pánico en la narración final, me hizo dar un giro en la historia para que durmiera sin pesadillas.

 

IsidroMoreno

 

COMPETENCIA DESLEAL

Eran los sábados cuando los helicópteros colmados de amor sobrevolaban nuestro barrio y, desde primeras horas, nos manteníamos alerta para ver la llegada y la descarga que, en forma de rojos corazones, arrojaban aquellos ruidosos aparatos. Todos o casi todos… bueno, muchos vecinos jóvenes, mayores y medianos, salíamos a la calle con los brazos abiertos al cielo como en la cabalgata de reyes, o como si de un maná se tratase. Intentábamos atrapar al vuelo alguno de esos corazones. No valía tomarlos del suelo, pues si caían quedaban rotos e inutilizados para siempre. Para evitar lesiones, la policía no permitía paraguas invertidos. Había personas de incógnito, generalmente mayores, que vestían máscaras o antifaces; otros eran ambiciosos y pillaban hasta dos corazones: eran la envidia de los que se quedaban sin ninguno y tendrían que esperar al próximo sábado.

Todo acabó un día cuando un ejército de angelitos con arcos y flechas comenzó a disparar a los helicópteros para expulsarlos del espacio aéreo del barrio. Incluso, a los pocos corazones que caían de los helicópteros, los asaetaban y finalmente caían como inertes corazones “partíos”.

IsidroMoreno

AUTOPISTA AL INFIERNO

 

La mítica Ruta 66 de EE.UU. en 16 curiosidades

HIGHWAY TO HELL

La carretera se alarga hasta el infinito. Es la famosa Ruta 66, completamente solitaria desde hace unos años. Ya no circulan autos ni moteros con chupas de cuero. Hoy, Jesús vaga solitario y apesadumbrado ante la desolación que dejó la pandemia.

Bajo el sol inmisericorde, una avioneta desciende apresuradamente.  Con el miedo en los talones, Jesús se lanza a la cuneta. Luego, tras el aterrizaje, el mismísimo Satanás baja la escalerilla tarareando Highway to Hell.

—No has dejado rastro de la humanidad, Satán. No fue esto lo acordado.

—Han sido ellos mismos quienes se han aniquilado. Ya te dije que yo sólo observaría.

De pronto cae la niebla y ambos se dirigen hasta la avioneta.

—Sube —dice Satán—, te llevaré donde quieras. Presiento que este es el final de una antigua enemistad.

Y ambos comienzan a silbar As time goes by.

 

 IsidroMoreno

(Mi agradecimiento a P. Cavero;  M. del Brezo;   M.A. Molina y S. Nieto)

LAS OLVIDADAS

Violeta había sido la última en incorporarse a aquella gran oficina y aún no tenía la confianza suficiente entre sus compañeras para quejarse de nada. Ya le insinuaron que la veteranía es un grado.

Ocupaba una más de las diez mesas, todas iguales, con sus ordenadores todos iguales, igualitas bandejas de papeles, papeles, muchos papeles todos parecidos, y siempre acompañadas de la silla con brazos y ruedas, todas iguales, claro.

Era marzo, jueves, las diez de la mañana, hacía frío en la oficina; ni las luces ni la calefacción se habían encendido desde el pasado viernes trece.

—¿Qué os ocurre? —se atrevió a decir Violeta, “la nueva”—. Llevamos seis días solas, sin ni siquiera agua. No se ilumina la oficina ni se enciende la calefacción. Las puertas, persianas y ventanas están cerradas. El silencio es sepulcral. Ya han pasado muchos días y seguimos aquí, abandonadas, sin que nadie diga nada.  Nuestros amos no aparecen y me temo que nos han abandonado a nuestra suerte para dejarnos morir lentamente.

Al escuchar las palabras de Violeta y la vehemencia utilizada, comenzaron a oírse protestas y lamentos, algunos eran lánguidos y desesperados. Jacinto que junto con Narciso eran los dos únicos de sexo masculino, quisieron calmar la situación y animar a las más débiles. Hortensia, la más veterana de la oficina, viendo que cundía el pánico y que la miraban a ella anhelando alguna solución, se vio obligada a hablar o, al menos, pronunciar unas palabras de aliento. Y en ello estaba cuando entraron Bermúdez y Segarra, dos de los jefes de la planta que, mientras recogían documentos de sus mesas, hablaban de la putada que supondría el cierre, de si eran medidas exageradas, de si miedos, desconocimiento, de chinos, de virus, de pandemias, de miles de muertos…  

Un ahogado grito de Rosa llegó a oídos de Bermúdez que, extrañado, le preguntó a Segarra,

—¿Has gritado tú?

—Yo no, ¿y tú? La verdad es que con esta mierda de mascarillas no se puede hablar bien y de beber o fumar, ni te cuento—, respondió Sega,

Pasados unos minutos, ambos salieron de la oficina y el alboroto, llantos, desazón, enfados e insultos invadieron el aire. Todas dedujeron que seguirían abandonadas por mucho tiempo. Eran las olvidadas e invisibles a los ojos de ellos. El amor que creían recibir habría sido una farsa y la alegría que ellas regalaban a diario, de nada habría servido.

Súbitamente se encendieron todas las luces de la sala y la puerta se abrió. Era Gertru la limpiadora, con un pañuelo en la cabeza, guantes de látex, una mascarilla cubriéndole nariz y boca, que empujando su carrito de la limpieza, entró canturreando como si nada ocurriese.

Nuevamente el miedo se apoderó de ellas al sospechar que serían desalojadas de allí y trasladadas no se sabe dónde, quizás a la basura.

Gertru, tras sacar de su carro un cubo y un vaso, comenzó a regar cuidadosamente cada una de las macetas con flores que, sobre las mesas y en las jardineras, ahogaban sus gritos de alegría. Begonia, Dalia y Azucena al recibir el refrescante riego, pronto abandonaron su aspecto preocupantemente mustio y, de nuevo, la alegría, el color y la paz empezaban a inundar el ambiente; mientras Gertru, con voz de falsete, se esmeraba en imitar a Joan Báez tarareando «Where have all the flowers gone»

IsidroMoreno