Y amarillo a la genista

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Escondido tras las cañas, el amante en su duermevela no concibe la vida sin ella. Junto al mar, bajo el mismo sol que iluminó sus rostros y su amor, hoy mezcla celos y azul cielo, con pasión, huida, navaja y rojo sangre.

Ella ya solo dará verde a los pinos.

 

IsidroMoreno

(Texto de 50 palabras. Basado en «Mediterráneo», la canción española más hermosa del S. XX)

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VENGANZA

 

Una fría rigidez me invade el cuerpo, bueno, al menos la cabeza y el torso, pues el resto no lo siento.

Comienzo a sufrir pánico y dolor por unas continuas sacudidas y desgarros en mi cabeza y hombros. De pronto he visto mi imagen reflejada ante el espejo, pero sólo soy la «estatuilla» de mi busto, de un Goya sordo, maltrecho y apresado entre las manos de un monstruo al que he reconocido aun en penumbra.

Saturno ha empezado a devorarme por retratarlo, hace muchos años, mientras se comía a su hijo. Ahora sufro sus ansias de venganza, sus mordiscos y los repetidos insultos a boca llena: ¡Chivato! ¡Soplón! ¡Delator!

 

IsidroMoreno

(Fotocomposición: Luis e Isidro Moreno Carrascosa)

GRANDE

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Me gustaba viajar desde que era niño y, frente a postales, cuadros, fotos de libros, en color o en blanco y negro, añoraba con verdadera nostalgia aquellos lugares visitados y en especial los no visitados que, en su mayor parte, jamás conoceré, pues son tantos que necesitaría al menos tres vidas.

Aún conservo en mi memoria aquel sabor agridulce de la nostalgia juvenil, aunque, con la edad, me hice urbanita y me fui decantando por la vieja Europa y otros lugares civilizados para mis viajes vacacionales, de tal forma que aún no sé qué hacía en esa isla perdida en el Pacífico, de nombre impronunciable y de costumbres que no sabría ubicar en la línea de la historia, pero que me evocaban las lecciones de Prehistoria que D. Santiago nos explicó con gran entusiasmo en mis años escolares.

Mis amigos Marie y Jean Claude, amantes en extremo del exotismo sea cual sea, se empeñaron en animarnos a mi esposa y a mí a realizar tan apasionante viaje.

De la primera noche sólo recuerdo que me llamó la atención el formidable tamaño de las rosas del ramo de bienvenida y de la longitud de las camas, pero me no me importó en absoluto. El jet lag me estaba haciendo estragos.

Lo más destacable de ese remoto lugar es el tamaño de las cosas, de las   plantas, de los animales, de sus gentes… «Aquí es todo a lo grande» me repetía continuamente el pesado de Jean Claude. Ciertamente no había gran variedad de nada, pero los guisantes eran como aceitunas, las judías debían de partirse con cuchillo pues no caben más de seis en un plato, los tomates eran casi como melones. Las sandías nos las llevaban a la mesa previamente troceada por un enorme camarero de casi dos metros de altura.

El tercer día quedé solo en mi cuarto por no querer subir en barco para pescar con ellos. No me gustaba aquella playa ni la pesca, pero aún menos desde que vi a un joven nativo paseando a un cangrejo con correa lazada a la pinza mayor, tal can doméstico.

En la jornada siguiente teníamos pesca submarina. Recuerdo que me produjo cierta hilaridad, pues me imaginé siendo atacado por un boquerón blanco nativo, gigante, claro. Tampoco fui.

Ese día, ante la puerta de mi habitación, vi una fila de hormigas bulldog pero de unos diez centímetros de largas. Salté rápidamente sobre ellas y, aunque no cabrían, coloqué “por si acaso” toallas en la rendija inferior de la puerta. Me puso muy nervioso su fiero aspecto y su descomunal tamaño que jamás hubiera imaginado que existieran.

Mientras pretendía leer el periódico en el confortable sofá de mi habitación, algo llamó mi atención tras la puerta de cristal de la terraza. Era una bola de pelo grisácea que intentaba, sin éxito, escalar por el vidrio; me parecía un gato, pero al mirarme directamente, comprobé que se trataba de una rata más grande que un gato persa. Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo y de forma instintiva subí mis pies al sofá. Asco, nervios y miedo son los sentimientos que me abordaron y que no me importa reconocer. Creo que, aburrida, la rata saltó a otro balcón.

Al moverme en el sofá, apareció por debajo una araña negra que, con un poco de maquillaje e imaginación, podría pasar por una suculenta langosta marina. Después, no pude ahogar un grito cuando apareció una cucaracha de un kilo de peso. ¡Qué asco! Cuando la pisé sonó… y las tripas… Aquella situación era para volverse loco.

No deseo seguir la descripción, pues yo mismo no puedo con el vomitivo recuerdo de asquerosas vísceras y de monstruosos insectos.

Bajé a recepción del hotel para exponer mi queja y el deseo de cambiar de habitación por otra convenientemente desinfectada. Entretanto, junto a la recepción, había una pequeña librería y hemeroteca a la que quise echar una ojeada mientras me cambiaban la estancia. Sobre una de las mesas me llamó la atención la portada de una revista con una foto de la isla y el título de: «Las islas del Sur y el cambio climático».

Media hora después, tras leer el extenso artículo con tintes pseudocientíficos escrito a modo de ensayo, comencé a entender algo del peculiar carácter de la isla.

Resultaba ser que ciertas confluencias de carácter geodésico, influidas por la capa de ozono, campos magnéticos por la leve variación del eje terráqueo y otras misteriosas características procedentes de las aguas oceánicas habían producido, en los últimos tiempos, unas malformaciones genéticas así como un apreciable aumento de tamaño en algunas especies de animales y plantas sometidas a tales variables.

Dicho artículo también se refería al secretismo y discreción que le otorgaban a estos hechos las autoridades tanto científicas como políticas, pues la repercusión social, de esas mutaciones genéticas, podría resultar alarmante en exceso.

Alarmado quedé yo tras esa lectura mientras esperaba impaciente a mi esposa y al matrimonio amigo que ya estaban dilatando sus intrépidas actividades marinas de la jornada.

A la mañana siguiente, los cuatro, con nuestro equipaje al completo, nos debatíamos con la responsable de la agencia para adelantar el vuelo de regreso a casa.

***

Han pasado apenas tres meses de las «inolvidables» vacaciones y no puedo evitar recordar a diario el artículo de aquella revista local. Me preocupa el sigilo con el que se trata el tema del cambio genético en aquellos lares. Apenas existe información en internet y la que existe es excasa y a veces contradictoria o engañosa. Por cierto, también he recordado que, durante toda mi estancia, yo no tuve contacto alguno con el mar ni la playa ni las aguas de la remota isla.

Lo que más me preocupa es que voy caminando del brazo de mi esposa; no la he dejado que se vistiese con zapatos de tacón, sin embargo, ahora me supera, por unos pocos centímetros, en altura y siempre fui notablemente más alto que ella.

Yo mantengo mis habituales tallas y medidas, pero el crecimiento de mi esposa me alarma así como las pequeñas escamas que le han empezado a salir tras las orejas.

IsidroMoreno

EL TROVADOR y sus deducciones

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Acompañado de su laúd, siempre procurando encantar, cantaba y recitaba versos divertidos unos, románticos otros y trágicos algunos.

A la voz de «força al canut» le lanzaban monedas a su bolsa de cuero tendida en el suelo. Dedujo que, en esas tierras norteñas, el «canut» era el pequeño bolso monedero y «força» sería sinónimo de, “pesar bastante”.

Habiendo concertado cita clandestina con hermosa dama, a la hora crepuscular en un apartado pajar esperábala, sin éxito, el apuesto trovador. Como segunda lección del día y ante la irremediable práctica onanista, dedujo que, en esas tierras, «pajar» quizás tendría un doble significado.

IsidroMoreno

(Texto de 100 palabras)