EL PESO DE LA CONCIENCIA

 

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Una pequeña multitud aguardaba en la tranquila plazoleta que, aunque desconocidos entre sí, pronto descubrirían que su causa era la misma. También desconocían a la persona que les había convocado y que esta les observaba desde uno de los balcones de un quinto piso.

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 Su tendencia enfermiza al hurto, su pasión fetichista por los libros y su afán por la lectura hicieron que aquella funcionaria tuviese que dedicar, en exclusiva, una de las estancias de su vivienda para albergar los ejemplares robados.

En su mayoría, se trataba de volúmenes que sustraía del almacén de paquetería del Servicio de Postas donde trabajaba.

Orgullosa contemplaba su vasta y heterogénea colección de libros, y todo sin levantar sospechas ante las profusas reclamaciones. Ella, casualmente, era la encargada de recibir y gestionar los requerimientos, reclamaciones e incidencias. 

Pasado un tiempo, su sala habilitada para biblioteca apenas podía abrirse por los muchos tomos que abandonaron su estante y se agolpaban, desordenados y despanzurrados, junto a la puerta.

En toda la casa se oían voces lejanas recitando decenas de textos procedentes de la clandestina biblioteca o, quizás, de una conciencia culpable. Así, Hamlet declamaba un dubitativo monólogo sobre su existencia; Sancho, el escudero, daba consejos a su señor; se oían los suspiros de amor de Anna Karenina por el oficial Vronski en la fría Rusia; en la granja de Mr. Jones, los cerdos arengaban a otros animales para una rebelión…

Era peor cuando, para olvidar o aplacar su conciencia, ingería ciertas sustancias, pues entonces Hamlet podría declarar su amor al oficial Vronski, o bien Anna Karenina piropeaba a don Alonso Quijano o Aureliano Buendía arengaba a Sancho, o quién sabe qué otras voces interiores martilleaban los sesos de la funcionaria.

Deseando acabar con esa situación antes de que la situación acabase con su cordura, decidió devolver los libros robados.

Resultaría fácil recuperar los nombres de los estafados porque conservaba el registro de los paquetes que nunca llegaron a su destino, pero lo que no controlaba era el contenido de los mismos, es decir, desconocía cuáles y cuántos libros correspondían a cada destinatario. Aun así, consideró que sería preferible repartirlos, al azar, entre los titulares engañados.

Pasados unos días tras el envío masivo de los volúmenes, comenzaron a llegar nuevas quejas de los destinatarios, pues indicaban que desconocían procedencia, motivo, o que aquel no era el libro que un día desapareció.

Tan numerosas fueron las consultas y reclamaciones, que se vio obligada a realizar horas extras y clandestinas para evitar más sospechas en el trabajo.

Además de las mil disculpas, ofreció una pequeña recompensa por el error, y decidió convocar a los afectados en una recoleta plaza de la ciudad, casualmente la misma plazoleta que se divisaba desde el balcón de su vivienda.

A pesar de haber vaciado la habitación destinada a biblioteca, comprobó desesperada que los ecos de las voces aún recitaban machaconamente decenas de textos literarios, confusos la mayoría, recriminantes a menudo y quizá conocedores de su conducta, pero que le atormentaban su cerebro hasta límites rayanos a la locura.

Llegado el día previsto de la cita con los destinatarios, asomada al balcón observaba a una inusual multitud. Multitud que la esperaba. Anotó en su diario lo que las persistentes voces interiores le dictaban y, fiel a ese dictado, se arrojó al vacío desde el balcón.

El gentío de la plazoleta se vio alarmado por la caída del cuerpo de una joven desde uno de los balcones. La policía hizo desalojar el lugar.

Días más tarde, un breve artículo en un periódico local, resumía la historia y suicidio de la extraña ladrona de libros.

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 En el cementerio de la ciudad, a la sombra de unos cipreses y casi a ras del suelo, hay un humilde nicho cuya repisa y alrededores siempre están rebosantes de libros que, a menudo, ocultan las tres siglas del nombre de una mujer que muy pocos conocieron, pero convertida en célebre personaje popular por su trágica historia.

Dicen que, desde el incidente, a diario acuden visitantes a dejar, tomar o cambiar poesías o novelas para seguir con la tradición que iniciaron unos vecinos afectados por el hurto de unos libros.

En la actualidad, el humilde nicho es visitado por turistas y lectores de lejanos lugares, incluso de exóticos países a juzgar por los extraños idiomas de los ejemplares y mensajes depositados.

 

IsidroMoreno

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DE CANTOS, MITOS Y CULPAS

El presidente de Cofradías hablaba al nutrido grupo del colectivo pesquero. Una tragedia había acabado con siete pescadores que faenaban en alta mar.

El orador aludía retóricamente a esos trabajadores y a su dura profesión. Enardecido por el mar, su mitología, la crueldad y peligros marinos, se refirió a los curtidos marineros como hechizados por sublimes cantos de sirenas y, en su delirio con el mar, a veces traspasaban unas peligrosas fronteras sin retorno.

Apareció en el escenario, sobre silla de ruedas, una señora de larga y pelirroja melena, entrada en años y arropada por una manta.

Pidió permiso y, tomando el micrófono, arengó con alabanzas a los sufridos pescadores pero, a continuación, elevó volumen y tensión en defensa de las ancestrales sirenas, siempre culpadas de las desgracias y desapariciones de pescadores, a pesar de ser harto conocidos los frecuentes hábitos de estos marineros cuando, bajo oscuros sentimientos, la bebida o amores desairados…, acaban cometiendo errores de trágicas consecuencias.

En aquel momento, se despojó de su manta, exhibiendo bajo la cintura, una larga y brillante cola de pez; mientras, entre el público, unas voces femeninas entonaban una hipnotizante melodía coral que sumió en sublime y placentero éxtasis a los congregados.

 

IsidroMoreno

 

(Para concurso ENTC. Relato sobre fotografía de René Maltête. Marzo-2018)

NUEVO ÉXITO PROFESIONAL

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La insoportable convivencia en pareja les había llevado, como último recurso, a la consulta de un prestigioso consejero matrimonial. Durante el trayecto, la tensión y el mutismo entre los cónyuges fue total y las miradas, ninguna.

El consejero les dejó hablar apenas unos minutos; adustamente, les hizo callar y profirió indignantes y duras acusaciones hacia ambos, provocando una mutua defensa entre la pareja y tal estado de ira que, el marido le lanzó fuertes insultos e incluso un derechazo de consecuencias desconocidas porque el matrimonio abandonó la consulta, pagó los altos honorarios en secretaría y, felices, salieron de la mano.

 

IsidroMoreno   

(Texto de 100 palabras)

A OTRO PERRO CON ESE CUENTO

 

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La abuela, el leñador, el guardabosques y Caperucita le tendieron una emboscada.

El lobo, que sabía de antemano la intención provocadora y de deshonra hacia él, prefirió eludir enfrentamientos y evitar una cacareada masacre.

Harto de ser siempre el malo de la historia y tragándose su orgullo, escapó del cuento.

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Se dice que, en algún lugar, ante el asombro de un adulto leyendo el relato, en la cara de algún niño se dibuja una sonrisa por la decisión del lobo.

IsidroMoreno