ARTE ANÓMIMO

El marchante de arte que visitó el taller de pintura de papá, quedó maravillado con una tabla emborronada, de color indefinido y con cuatro piezas de puzzle, pegadas, sin aparente orden ni concierto. Mi padre quedó tan abrumado por los elogios hacia aquel despojo que ni siquiera pudo explicarle que se trataba de uno de mis juegos y entretenimientos infantiles, y que el precio que le ofrecía le parecía más que bueno; incluso excesivo.

Aquella tabla sin firma es el único cuadro de mi padre expuesto actualmente en el prestigioso museo. Ahora que la observo, acabo de recordar y encontrar las cuatro piezas de mi viejo puzzle inacabado y que un día colgué en la pared de mi habitación, hace ya muchos años.

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EL REGRESO DE AUGUSTO

Cuando regresé de los campos de concentración, la joven esposa en la foto de mi cartera, ahora era una mujer con canas, con más kilos, con expresión borrada, con una niña en sus brazos, con un niño agarrado a su falda, junto a un adolescente de mirada perdida y agarrada por el brazo de un señor con bigote y gesto desafiante.

Cuando regresé de los campos de concentración, nuestra foto de boda ya no estaba en la pared.

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COLEGAS DE RUTA

Hoy le toca a ella ponerse al volante de la autocaravana. Le digo que tenemos que hablar. Sin dejar de mirar al infinito, asiente y calla. Supone que le reprocharé haberse chutado más de la cuenta y robarme parte de mi ración de caballo. Ignora que ayer la vi besándose con el gitano del Ford Mustang.

La sujeto por el cuello, sus manos abandonan el volante, tapo su boca con la mía y hundo mi cuchillo en su corazón. Salgo de la vieja caravana sin ruedas, anclada desde años en este descampado del desguace, y me dirijo al ruinoso Mustang.

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AMOR SIN BARRERAS

Ya desde mi infancia tuve desengaños amorosos, quizás fuera mi físico poco agraciado o tal vez mi falta de tacto con ellas, el caso es que mi corazón aún no ha encallecido por los mil desaires.  Luego, me hice militar, fui de duro por la vida y así me mostraba ante mi única novia, mi gran amor al que sigo añorando y que me abandonó por la maestra del pueblo.

Algunas noches, abatido por la nostalgia y la prolongada soledad, lloro en silencio, con vergüenza y temor de ser descubierto por mis compañeros de cuartel.

Hoy será mi última noche triste. No estoy dispuesto a perder a mi nuevo amor. Aun en la oscuridad la reconozco; agarro su mano y huimos. Su peso liviano me facilita tirar de ella. Como buen novio y buen legionario, he planificado esta fuga nocturna tratando de evitar tapias y grandes obstáculos, por lo que he dejado la verja entornada.  Antes de abandonar el recinto, la abrazo y observo que en la carrera, sorteando cruces y tumbas, ha perdido algunos huesos, sin embargo su otra mano sigue aferrada a la guadaña, y bajo la negra capucha percibo su mirada profunda y su perenne sonrisa.

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LA TURISTA

Es exótica, llamativa y guapísima. Ya es popular en el pequeño pueblo costero. Según cuenta el alcalde, le han robado la mochila con documentación incluida y está en espera de obtener un duplicado desde su embajada. La turista rubia, que así le apodan, parece despreocupada, además, en la panadería no le cobran los donuts y el dueño del bar de la plaza, siempre que la ve deambular, la invita a unas cañas, Teo, el alcalde, le ha ofrecido su casa para dormir, aunque dicen que a la esposa no le hace ninguna gracia. Los tres restaurantes del pueblo se rifan su presencia para invitarla a comer. Todos hablan de su belleza, de su graciosa lengua de trapo, de su simpatía e ingenuidad.

Ella sigue gozando de los favores de los lugareños. Han pasado tres meses y cada vez más lenguas aseguran que la turista rubia recuperó hace tiempo su mochila con todas las pertenencias, pero algunos no lo quieren creer. Ni ella tampoco.   

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Y ASÍ SE LO HEMOS CONTADO

El viento arrastra una nube de arena de desierto. Apenas se distingue a la humilde pareja que marcha con su caballería y las escasas pertenencias ante la estoica mirada de unas montañas peladas. El árido panorama y un frío in crescendo no presagian el asombroso acontecimiento por venir.

Refugiados en un mísero cobertizo a las afueras del poblado, se resignan a pasar la noche. Ella anuncia que el parto de su hijo es inminente. Él dispone el pesebre de las bestias como cuna y, para atenuar el frío, sitúa en derredor del improvisado lecho al asno y a la escuálida vaca aparecida en el cobertizo. Allí nace el niño al que llaman Jesús.

Ella, aún virgen, se peina entre cortina y cortina. Sus cabellos ahora son de oro y el peine es de plata fina. También surge un río donde, además, los peces beben y beben reiteradamente porque han visto nacer al niño. Una estrella guía a tres monarcas eméritos que, a trote de camello, llegan desde Oriente para ofrecer unos regalos a Jesús. María lava pañales y los tiende en el romero.  “Dime niño, ¿de quién eres?”, pregunta el pobre José mientras los ratones le roen los calzones.

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