NUEVO PARA PRÓXIMO MES

 

NUEVO PARA PRÓXIMO MES

Hoy se publica mi relato de cincuenta palabras. Enciendo el ordenador, abro Facebook, busco la página, abro, leo y comparto.

Me arrepiento de haber enviado ese microrrelato, pero luego, como siempre, me alegraré.

Debo de enviar otro relato; no me apetece buscar en carpetas y escribo… cuarentainueve y cincuenta palabras.

 

IsidroMoreno

(23-04-2016. Texto de 50 palabras)

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CONVERSACION CON CERVANTES

 

(DE MI VIAJE, LA VISITA A DON MIGUEL Y CUANTO EN SECRETO ME NARRÓ)

Nuevamente excuso explicarles cómo conseguí viajar en el tiempo, pues me debo al secreto profesional de unos amigos y temor padezco por si el secreto fuese revelado, ya que no podría volverlo a utilizar y quizás, duras penas legales habría de sufrir.

Me vi en el año de 1614 y tras algunos intentos fallidos, conseguí captar la atención del mismísimo  Miguel de Cervantes Saavedra que, a pesar de la fama de su Quijote, seguía manteniendo una existencia humilde, casi precaria. Era en una taberna de Valladolid y con gran desconfianza por su parte y unas cuantas jarras de vino, al diálogo se avino.

—Joven, ¿Cuál es vuestra gracia? —Diego Malacalza —improvisadamente respondí suponiendo que deseaba conocer mi nombre, aunque pseudónimo le enuncié.

—¿De dónde procedéis que tan extraños hábitos exhibís?

Le di largas a su comprometedora pregunta y tras unas notas de humor y una nueva jarra de vino peleón, le hablé de mi admiración por sus letras y en especial a su obra “El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de La Mancha”, quedando muy sorprendido al sugerirle que debería publicar pronto una segunda parte. Tanta sorpresa llevose, que su desconfianza creció por momentos quizás considerando que yo sería un espía pagado por alguno de sus tantos enemigos que, -como él me dijo-  “con envidias y malas artes”, le rondaban.

También pude deducir que sus relaciones con el gremio literario, no eran del todo satisfactorias y, que Dios me perdone, creo que atisbé un pequeño rescoldo de odios y celos, ya que era extraño el desdén que mostrar quería al hablar de Lope de Vega, Quevedo o incluso Góngora.

—Don Miguel,  ¿por qué eligió a dos personajes tan dispares como Sancho y Quijote?, pues entiendo que la elección fuese entre dos seres antagónicos, pero en su caso, me parece que además de antagónicos son completamente… asimétricos.

—Apreciado Diego, en género novelesco siempre quise narrar y dejar a la intemperie, las grandezas e infortunios del género humano que, actualmente, yo diría que en gran crisis se encuentra, aunque quizá vuestra merced esté de acuerdo conmigo, que eso de las crisis parece inherente a nuestro alocado y mísero existir a juzgar por nuestra historia. Ante tal reto —continuó don Miguel hablando— hube de buscar la forma, o sea, los personajes  que no incomodasen al lector y que éste, como conciencia popular, se encontrase superior, en mayor rango o mirando por encima del hombro aun cuando se estuviese  exponiendo o insinuando las miserias y honores de los hombres y mujeres actuales.

—De esta forma, surgieron de mi mente dos seres que no ofenderían la moralidad: ¡Un paleto y un loco! A ambos se les permiten cualquiera clase de pensamientos con incluso, buen grado de condescendencia y humor, pues hasta reírnos de ellos se puede sin  temor a represalia.

Deliberadamente quiso don Miguel dejar de hablar de su obra,  pues apenas me refirió unas palabras sobre sus tribulaciones habidas con un tal Avellaneda.

Comprobé que ambos estábamos esforzándonos sobremanera en pronunciar correctamente las palabras de nuestro ameno diálogo. Sabíamos que el trabalenguas   era fruto del vino ingerido que ya comenzaba a hacer mella, aunque ambos quisiéramos disimularlo.

Su rostro cambió de gesto así como la historia que él mismo iniciaba y que en verdad comenzó a interesarme, pues resumiendo y omitiendo detalles que desafortunadamente mi memoria no quiere acordarse, el ilustre Cervantes me contaba así:

—No hace muchos meses, un mercader portugués, llegó a estas tierras castellanas preguntando de forma insistente por mi paradero, no siendo difícil localizarme, ya que refiriéndose a tan exitoso autor,  obtuvo certera y rápida respuesta.

—Tras una primera entrevista —continuó narrando don Miguel— consiguió convencerme para una segunda cita en la que me ofrecería una importante posibilidad de negocio, del que no me podía hablar mucho más en ese momento, por cuestiones de seguridad.

—¿Y vuestra merced tuvo a bien acceder a la convocatoria? —le dije mientras me mordía el labio para evitar la risa que me producía el forzar mi lenguaje al del siglo XVII.

—No tengáis vos tanta premura por conocer la historia que narro —dijo don Miguel— pues el gaznate se me seca y los recuerdos se me emborronan, no sé si por lo bebido o por lo no comido.

Acto seguido llamé al tabernero para que trajese unos buenos cortes de queso para llenar nuestras tripas y que  ayudaran a digerir el tan peleón vino  que estragos nos empezaba a hacer.

—El lugar previsto para la reunión  —continuó narrando—, era una vieja y solitaria posada en el páramo castellano  y a mitad de camino entre dos aldeas que recordar no puedo.

—Llegado el día, viajando a lomos de mi caballo y tras largas horas de entretenidas conjeturas, arribé al viejo caserío y que al ver su aspecto y mugrientas dependencias me dije: ”Es preferible el camino a la posada”, mas debí pensarlo en voz alta, pues el posadero  mirome con gesto no muy amistoso.

—En la sala grande de la casa y junto a una chimenea sin fuego, dos hombres me esperaban; reconocí al mercader luso que muy amablemente me obsequiaba una bienvenida con múltiples aspavientos y me presentó al otro personaje como su amigo, al que hablaba en lengua inglesa y que me dijo se llamaba Guillermo. Éste era de noble aspecto y un tanto distinguido quizás por su proporcionada complexión, aunque de rostro completamente ovalado y de frente inmensa,  ya que sus largos cabellos surgían y cubrían la mitad trasera de su cráneo.  Bigote y perilla de tonos rojizos, adornaban el exótico rostro.

—Rápidamente comprobé —prosiguió don Miguel— que el conocimiento de la lengua inglesa del mercader portugués, era muy deficiente, así como del castellano, pues de no ser por la semejanza de éste y mis conocimientos del gallego e italiano, difícilmente le hubiese entendido palabreja alguna.

—A modo de charlatán de ferias, tras un breve discurso de presentación de su oferta y con más duda que confianza por mi parte y la del inglés, sacó de un zurrón lo que nos dijo era un manuscrito proveniente de Grecia en el que se recogían casi una docena de inéditas tragedias griegas cuya traducción del griego,  copia y leve adaptación, nos podrían aportar suculentos éxitos literarios y beneficios económicos.

It isn´t Mr. Shakespeare?  —pronunció el intrigante mercader.

—¿Cómo dice vuestra merced? —pregunté yo muy extrañado.

—Sí amigo Diego, en ese momento —dijo don Miguel— comprendí aquella reunión y reconocí al famoso autor teatral inglés del que hacía apenas un año, me habían llegado traducciones de algunas de sus obras. ¡Era el mismísimo William Shakespeare!

—En las confusas conversaciones y traducciones a tres bandas —prosiguió don Miguel— deduje que Guillermo, o mejor William, sí que era sabedor de mi nombre  y también de mi obra Don Quijote de la Mancha, pues según el traductor —aunque nada fiable— me había dedicado unas palabras de elogio ante tan magna y exitosa obra literaria.

—Finalmente tanto William como yo, comprendimos que el portugués pretendía vender al mejor postor, aquel grueso mamotreto de roídos papeles manuscritos con signos griegos, ofreciéndonos todo tipo de garantías y juramentos sobre el carácter inédito y auténtico de las tragedias que allí dormitaban deseando que alguien las pusiera en boca de buenos actores de corrala teatral.

—Evito  contarte amigo Diego, las múltiples trabas que supuso el desconocimiento de un idioma común, pero finalmente llegamos a la conclusión, tanto William como yo, que nuestro honor y nuestra ética literaria, nos invitaban a  rechazar la idea de plagiar a otros autores.

—Dado que nuestra reacción no fue del agrado de nuestro mercader, ambos intentamos relajar la situación y entre otras conversaciones que como intérprete nos tradujo, fue que ninguno de los dos escritores, sobreviviría al otro”.

—Esta sentencia en forma de acuerdo, nos produjo a los presentes unas sonoras carcajadas que provocaron, como amistoso broche de la jornada, el último brindis antes de retirarnos a nuestros aposentos, pues ya sufríamos el cansancio del viaje, de las traducciones y del vino.

Ya creo que no me queda nada más interesante por narrar a cerca de mi viaje y  cita con D. Miguel de Cervantes, pero reconozco la gran sorpresa que me traje a nuestro tiempo al conocer el secreto acuerdo de Guillermo y Miguel, pues cierto fue, que Cervantes y Shakespeare murieron en la misma fecha.

Fdo.: Diego Malacalza

 

IsidroMoreno

 

 

INDULTADO

 

INDULTADO

Desperté de aquella pequeña siesta ante la imagen de un imponente toro y la respiración se me congeló, pues de pronto no sabía  dónde estaba ni por qué.

Me vi sentado de copiloto, viajando por una carretera de la costa y comprendí la singular belleza del indultado “Toro de Osborne”.

 

IsidroMoreno

(Texto de 50 palabras)

LA AGUJA COMÚN (Prólogo)

 

INTRODUCCIÓN a

 “LA AGUJA COMÚN”

-PRÓLOGO a

PRIMERA PARTE

del

CAPÍTULO PRIMERO-

De cuerpo acerado y esbelta figura. A pesar de poseer un solo ojo, niega relación alguna con Polifemo. Fama de casquivana por sus devaneos entre telas y pajares. Difícil de encontrar a veces y en otras, fácil de clavarse. Mira con mal ojo a los camellos y a evitar hilos reta.

Hermana mayor del alfiler aunque éste tenga cabeza, ¡pero no tiene ojo! Es también prima  hermana del famoso “imperdible”, cuya vanidad es tan grande como grande lo incierto de su nombre.

Es la aguja de buenas, servicial y trabajadora, pero perversa y punzante si mal uso haces de ella.

 

IsidroMoreno

(Texto de 100 palabras)

(Parte de la obra de mi autoría:  “Magnas palabras, mínimos conceptos”)

 

ÚLTIMO TROFEO

 

ÚLTIMO TROFEO

Escondidos tras la maleza, un pequeño grupo de aventureros observábamos  a través de nuestros teleobjetivos a una familia de leones que sesteaba a pocos metros. El implacable sol de África, las moscas y mi pulso  acelerado haría difícil disparar certeramente.

Al fin realicé una ráfaga de disparos con mi cámara réflex.

-¡Buenas fotos! –exclamé.

Uno de los leones alertado, me miró y corrió hacia mí. El guarda local que nos guiaba, disparó al aire su fusil ahuyentando así al depredador.

Salvamos nuestra integridad, pero al ver los rostros lívidos de mis compañeros, juré no volver a participar en safaris fotográficos.

IsidroMoreno

(Texto de 100 palabras)

TRIPLE SALTO

 

TRIPLE SALTO

Desde lo más  alto de la carpa se disponía una vez más a realizar su triple salto mortal. Hoy lo hacía con la euforia y seguridad insuflada por la pitonisa del circo  tras augurarle una exitosa y larga vida.

El público enardecido, le vio volar en dirección a las manos del otro trapecista.

Su novia, desde una silla de ruedas, nunca veía el espectáculo, evitando recordar las circunstancias que la convirtieron de acróbata en pitonisa pero hoy, desde su roulotte, oyó aplausos, luego un grito colectivo, después silencio…Y comprendió angustiada que, aquella mañana se había excedido exhortando a su amado.

 

IsidroMoreno

(Texto de 100 palabras)