EJERCICIO DE IMAGINACIÓN

 

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EJERCICIO DE IMAGINACIÓN

Me contaron que la eternidad era el tiempo que una hormiga con su paso, necesitaría para desgastar una bola de acero del tamaño de nuestro planeta.

A menudo intento imaginar y calcular el tiempo que eso supondría, pero siempre acabo compadeciendo a la hormiga por su eterno e inmenso aburrimiento.

 

IsidroMoreno

(Texto de 50 palabras)

APARTAMENTO FURTIVO

APARTAMENTO FURTIVO

Apenas un día antes de su cita clandestina, entró en el minúsculo apartamento, encendió la radio para no sentirse tan solo y sobre un folio blanco, con el alma angustiada, vomitó en nota manuscrita sus sentimientos, pues sería incapaz de expresar ante ella, que el amor de antaño, ahora languidecía y pronto  sería una rutina y una ruina para ambos.

Sobre la mesa, quedó depositada la triste carta de despedida, abandonó raudo y sin mirar atrás, aquel apartamento que tantos recuerdos y desatadas pasiones le hacía evocar.

Horas antes de la cita, ella, en la puerta del apartamento, se detuvo al oír música proveniente de una radio. No era capaz de  entrar, pero pudo introducir bajo la puerta, una nota manuscrita en la que expresaba su sentimiento de desamor y la imposibilidad de seguir manteniendo una relación de ficticio cariño.

Al día siguiente, una emigrante marroquí empleada de limpieza, al entrar al apartamento, apaga la radio, abre ventanas,  recoge y tira a la bolsa de basura dos papeles abigarrados de una escritura completamente desconocida para ella, así como los sentimientos allí vertidos.

Había que dejar el apartamento impoluto para la siguiente ocasión.

 

IsidroMoreno

(Publicado en concurso Facebook por ENTC tema LA RADIO. Febrero-2016)

REGRESO A LA BIBLIOTECA

REGRESO A LA BIBLIOTECA

A pesar de los múltiples visitantes, se respiraba un ambiente de sosiego paz y silencio tal y como debe corresponder a una biblioteca pública que se precie y en la que me introduje con el principal interés de conocer sus instalaciones, salas, recovecos, puertas, dependencias privadas, escaleras y demás espacios que conformaban el interior de tan bello edificio.

Siempre me ha intrigado el ambiente de soledad  en el que deben permanecer los lugares ocupados o habitados por obras de arte tras las horas de visitas del público. Recientemente había leído un relato de Isidro Moreno titulado “Noche en el museo” que me aportó una  estrambótica idea.

Las múltiples salas albergaban cientos de estanterías que soportaban el peso de miles de volúmenes que a su vez, contenían cientos de miles de historias contadas con millones de palabras discurridas y escritas con penas, emoción, alegrías. sudores o  qué sé yo cuántas sensaciones humanas que los autores parían o vomitaban ante su página en blanco, que mudaría su estado y quizás lo allí reflejado alcanzaría la gloriosa categoría de obra de arte y por tanto, traspasaría las fronteras de los tiempos y las modas.

Ante un libro cualquiera que tomé de una estantería, disimuladamente realizaba una serie de dibujos esquemáticos a modo de planos, pues tramaba pasar una noche encerrado en aquella biblioteca junto con la soledad de los miles de libros que aquí moraban y cuya vida nocturna era para mí, todo un enigma que ansiaba resolver.

Para no levantar sospechas y recabar toda la información necesaria tanto para mis planos como para el conocimiento de las medidas de seguridad, necesité de una segunda visita a aquella biblioteca ubicada en un lugar de La Mancha de cuyo nombre prefiero no hacer referencia y así descubrí que como principal medida de seguridad, un solitario vigilante realizaba rondas durante toda la noche y que otros sistemas electrónicos de seguridad estaban aplicados solamente a los accesos externos del edificio.

Tal y como ya puntualizaba I. Moreno en su citado relato y en previsión de volver a realizar la hazaña en un futuro, tampoco quiero dar a conocer el sistema por mí utilizado para inadvertidamente, ocultarme en la biblioteca con el fin de pasar la noche en compañía de tantas y tantas letras.

El sudor me corría por todo el cuerpo a pesar de ser febrero y apenas quedar vestigios del calor de calefacción ahora apagada. Había llegado el día elegido y agazapado tras una estantería desde hacía tres horas, tenía el cuerpo entumecido. Ya no había lectores, ni bibliotecarios, ni apenas luces encendidas… solo rondaba el vigilante nocturno, pero yo no sabía dónde se ubicaba ni cuáles eran sus hábitos o tareas, circunstancia ésta que me inquietaba, pues preferiría verlo a temer que me sorprendiese en mi escondite y sin argumentos convincentes que exponerle, salvo deliberadamente declararme loco.

El lugar elegido como escondrijo era la sala de literatura infantil, pues estaba ubicada en la planta baja formando extremo del edificio y tras mi previo estudio de aficionado en las lides de ingenua delincuencia, consideré que sería un óptimo refugio.

Como prólogo a la noche elegida, se inició una tormenta con rayos y truenos incluidos, si bien los truenos apenas eran audibles desde mi refugio no así los relámpagos que a través de los grandes ventanales,  iluminaban la estancia y permitían ver las desnudas ramas de los árboles, brillantes por el agua de una lluvia que también azotaba la cristalera blindada produciendo un efecto óptico que desvirtuaba la calle, árboles, coches y cuanto de sí daba la vista en esos escasos segundos relampagueantes que impregnaban todo con aire entre romántico y fantasmagórico.

Debía de abandonar aquella estancia de literatura infantil, para acceder a la sala principal de la biblioteca, situada en la primera planta y en la que dormitaban grandes obras de la literatura y quizás, por qué no, también pululasen los espíritus de esos grandes escritores contándose unos a otros sus aventuras y desventuras.

Escuché unos pasos que supuse serían del vigilante. El corazón creo que quería salirse de mi pecho. Un nuevo relámpago iluminó la sala y debido al susto, me aferré al primer libro que ante mí tenía, sintiendo una extraña sensación de movimiento etéreo, similar al vuelo  dentro de la oscuridad de un túnel.

¡Sí, había entrado en un libro! ¡Había entrado en un libro!

Al poner mis manos sobre él, pude leer su título:

“DESVARÍOS Y CUENTOS DE LA ABUELA”

“…Y le dijo a Caperucita que fuese a casa de la abuelita para entregarle aquella cesta  de ricas viandas, no sin advertirle del peligro en el bosque por donde rondaba el lobo.

Pero Caperucita, desoyendo los consejos de Hada Madrina, se internó en el bosque y asustada por haberse cruzado con una ratita presumida acompañada por Mikey y Minnie, comenzó a correr hasta que ante ella vio aparecer a un niñito llorando que dijo llamarse Pulgarcito. Éste le contó que sobre una roca cercana había visto una enorme fiera.

No temás vos! –dijo un gato con botas altas y marcado acento porteño, -he oído vuestra plática y mis amigos y “so” os salvaremos del peligro. Dando un silbido, aparecieron tres cerditos rosados y simpáticos confesando que ellos sólo tenían miedo al lobo

-¡El lobo! ¡qué gran turrón!, se oyó decir a un joven de madera con larga nariz que apareció como arrancado de un árbol.

-Claro, como eres de madera no tienes miedo al lobo –dijo un joven apuesto que se hacía llamar Peter Pan y que aterrizó a lomos de un elefante volador con enormes orejas.

Viendo Caperucita que el calvero del bosque se estaba llenando de conocidos, se vio animada a seguir su camino segura de que sus amigos no la abandonarían, por lo que pusieron rumbo hacia la roca, comprobando minutos más tarde que quien moraba en lo alto del peñón,  no era sino el mismísimo Rey León, que viéndose confortado por la visita de tan singular colectivo, decidió nombrarse líder de  aquel nutrido séquito de celebrities para acompañar a Caperucita hasta casa de su abuela y también poder dar caza al maldito lobo que traía a maltraer a niños y personajes de cuento.

A la ya larga comitiva y viendo la afabilidad del monarca del bosque o Rey de la selva como vanidosamente se autodenominaba, surgieron cual hongos, otros personajes de cuentos que no cuento en este cuento, pues mi memoria sólo alcanza a recordar a unos pocos como los canes Pluto y Goffy o las preciosas señoritas Blanca Nieves, Cenicienta, Campanilla y otros que al parecer deambulaban por el tan socorrido y anónimo bosque.

Quiso la buena o mala fortuna que, en una encrucijada de caminos, se topasen con un grupo de cuarenta hombres a caballo y de feroz aspecto gobernados por un tal Alí babá, quien se auto presentó pomposamente y una vez expuestas sus intenciones al Rey León y un tal Capitán Garfio, se unieron a la expedición de Caperucita y su león.

Una tal Campanilla le contó a Caperucita, que en la ya numerosa cabalgata, se rumoreaba que una de las ancianas vestida de abuelita, no era sino un lobo disfrazado y que el nombre Alí babá significaba padre y gobernante y que dicho individuo, era el jefe de cuarenta ladrones con sus tesoros ocultos en una cueva y…”

Me vi envuelto en la algarabía de aquel desfile multicolor y de pronto comprendí que toda aquella improvisada expedición de variopintos personajes sólo les unía el fin de dar caza al lobo feroz que atemorizaba tanto a  Caperucita como a tantos otros personajes de cuento y niños de carne y hueso a los que hasta en sueños se les aparecía.

A mi edad ciertas historias de cuento me resultaban tan lejanas como graciosas pero mi pulso se aceleraba, sintiéndome atemorizado, pues acababa de verme vestido de viejecita, pero lo peor era que debajo de aquel disfraz, había otro… ¡el del lobo! que no por cierto el del turrón, sino el del cuento al que querían dar caza de una vez por todas este pletórico grupo de personajillos al que ahora yo pertenecía en tan espectacular desfile y del que escapar deseaba a toda costa.

Ojos inquisidores comenzaron a clavárseme como si de dardos se tratara, por lo que mi instinto de supervivencia me aconsejó desaparecer de escena lo antes posible, para evitar ser injustamente maltratado y quien sabe, si eliminado como personaje perverso en múltiples historias infantiles. ¡Pobre lobo!

Siguiendo mi intuición, busqué un lugar oscuro, corrí lo que pude, enganchado en unas zarzas quedó el disfraz de abuela, ahora llevaba disfraz de lobo. Corrí más de lo que pude, ya que la algarabía me pisaba los talones y caí, caía… caía, no sabía cuánto ni dónde.

Oscuridad total. Palpé a mi alrededor y parecía un libro. Un relámpago alumbró lo que tocaba, era ¡Don Quijote de La Mancha! Otra vez el túnel negro, otra vez dentro de otro libro, ¡insigne obra! Ahora sólo oía risas y voces inconexas que parecían contar… “A la de una, a la de dos y a la de tres…! Tras la tapia de un corral vi ascender un pelele, una y otra vez… pero ¿qué pelele? Era el mismísimo Sancho Panza al que estaban manteando y su cuerpo subía y bajaba por los aires entre risas de unos y gritos de Sancho rogando que parasen aquella bufonada. ¡Pobre Sancho! Seguro que su dolor era más moral que físico en aquella irreverente acción de esos desalmados campesinos.

Necesitaba salir de aquella malintencionada fiesta, por temor a ser reprendido por los exaltados personajes, no fuera a ser que el siguiente manteado fuera yo. Busqué un lugar de negra oscuridad, encontrando a mi vera una tinaja que supuse vacía, a la que accedí sin pensar.

Aparecí con un pié introducido en lo que adiviné era una papelera de la biblioteca. Aprovechando el silencio y la penumbra, pegado como lapa a las paredes y no sin muchas dificultades, conseguí salir de la sala de lectura infantil, burlé la vigilancia del guarda y accedí a la planta primera en la que tenía previsto pasar aquella “noche toledana”,  aunque la verdad es que me estaban surgiendo mis primeras dudas en cuanto a seguir con mis planes, pero me acordé que ya no tenía marcha atrás y debía continuar con mi proyecto de extrañas experiencias.

Alcanzado el objetivo, bajo la sensación de calma, en una leve penumbra y acurrucado en un sillón, creo que me quedé algo dormido, pues sólo recuerdo que al despertar estaba sobre una superficie de madera, muy húmeda y que se movía, por lo que reptando llegué hasta una puerta que daba al exterior. Era de noche, se oían gritos de auxilio, blasfemias, maldiciones,  carreras y lo peor de todo, fuertes estruendos que no eran otra cosa que cañonazos.

Entre el caos reinante, me acerqué a un joven muchacho que socorría a un oficial de marina a juzgar por su uniforme. Aturdido entre aquel caos, le formulé qué sé yo cuántas preguntas a la vez, sacando en conclusión que el muchacho se llamaba Gabriel y al oficinal que atendía era un tal Rafael Malespina que era yerno de D. Alonso, su señor, al que realmente Gabriel servía en aquella enorme embarcación llamada Santísima Trinidad  y que ahora desarbolada, medio destrozada y haciendo aguas, presagiaba un pronto hundimiento en las frías aguas y bajo la tempestad desatada en aquella batalla naval que deduje era la crucial batalla de Trafalgar descrita y narrada por D. Benito Pérez Galdós en sus célebres “Episodios Nacionales”

Ante tan deplorable panorama, busqué un lugar negro para salir antes de perecer en el mar o preso de los ingleses. No cabía hacer otra cosa, ya que variar al pasado no podría pues estaba dentro de un libro y variar lo escrito no debía, pues no seré yo quien enmiende la página a D. Benito.

Me fue fácil encontrar un lugar oscuro para desaparecer de aquel episodio nacional pues eran muchos los toneles que rodaban a sus anchas por tan maltrecho y caótico navío.

A sólo unos metros de mí, vi como se encendía un cigarro a sabiendas que estaba prohibido por ley fumar en locales públicos y él era conocedor y vigilante de la biblioteca, pero claro ¿quién vigila al vigilante?

Esperé a que, siguiendo con su ronda, abandonara aquella sala pues las primeras luces del alba comenzaban a aparecer tras las enormes cristaleras y desterraban mi aliada penumbra.

Afanosamente y en la sección de novela fantástica, busqué al autor H. G. Wells y su novela “La máquina del tiempo”  Ahora que deseaba introducirme en el libro, no encontraba la forma, pues ya no había relámpagos ni rayos ni truenos. Se me ocurrió que quizás funcionaría con un pequeño desaguisado eléctrico, por lo que desmonté uno de los enchufes de pared y con mi libro de Wells en la mano, provoqué un cortocircuito que seguramente dejaría momentáneamente sin electricidad a todo el edificio, pero yo conseguiría meterme en mi libro de “La máquina del tiempo”  que me devolvería a mi espacio y tiempo real de mi existencia.

Hoy, en el año 2065, paseando por mi ciudad, veo y recuerdo que este viejo edificio fue un día una biblioteca plagada de cientos de libros de papel y cartón escritos con tinta negra. Ahora hay vitrinas cerradas, acristaladas que dejan ver ciertos libros, esas joyas del pasado… “Don Quijote de La Mancha” “Episodios Nacionales”  “La máquina del Tiempo” y tantos otros que como muchas obras de arte, son enclaustradas y preservadas bajo estrictos controles de seguridad. Hoy, en este vetusto edificio, sustituyendo a aquellos tomos, existen cabinas individuales y colectivas, con cómodos sillones ergonómicos, pantallas de plasma y espacios holográficos donde se proyectan textos, imágenes fijas y móviles y donde el lector sólo con pedirlo a media voz, puede ver y leer las historias que un día, viejos escritores plasmaron sobre su página en blanco, con borrones y tachaduras pero que han pasado la frontera del tiempo y de las modas aunque ya no sobre papel.

No puedo evitar sentir melancolía por aquel olor de los libros, el tacto de sus hojas, la maleabilidad de sus páginas en las que hasta era posible escribir, remarcar o realizar anotaciones personales que indicaban que algún día alguien leyó aquello y quiso dejar su marca.

Recuerdo con nostalgia mi viaje al pasado de hace cincuenta años, en 2015 que aún quedaban libros aunque se presagiaba que  algo estaba cambiando pero algunos no quisieron creerlo y por eso quiero realizar nuevamente el…

REGRESO A LA BIBLIOTECA

 

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 IsidroMoreno    

LA PRUEBA

 

Silueta de pareja besándose  Foto de archivo - 6152321

LA PRUEBA

La impaciente pareja, esperaba nerviosa y expectante la resolución de aquella prueba, pues el resultado podría cambiar el rumbo de sus vidas.

Tras unos  minutos de silencio, ambos pudieron comprobar el resultado positivo del test, confirmando el embarazo.

Ahora lo primero y  difícil, sería cómo revelárselo a sus respectivos cónyuges.

 

IsidroMoreno

(Texto de 50 palabras)

NOTICIA DE PORTADA

 

NOTICIA DE PORTADA

Portadas de múltiples periódicos anunciaban Nuevo caso de violencia de género”, narrando la muerte de la esposa degollada y junto a ella el esposo suicidado, detallándose con escabrosos y calcados términos utilizados en casos de asesinatos machistas.

Días después y tras la investigación policial pertinente, un insignificante artículo de prensa, perdido entre las páginas, sin foto alguna,  aclaraba el fatal desenlace del matrimonio fallecido; ella por una malograda traqueotomía practicada por el esposo desesperado ante la tardanza de servicios de urgencias y que después,  abrazado a ella, se habría quitado la vida ante la trágica pérdida de su amada esposa.

 

IsidroMoreno

(Texto de 100 palabras)

(Relato versión en 100 palabras de “Emergencia” publicado en este blog en noviembre 2014)