BESTIARIO

 

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Me vendieron a esta nueva familia. Me tratan bien, pero todos los días me hacen correr tras una liebre de peluche mientras me jalean y me gritan: “¡A por la medalla!”

Ya estoy harto de tanto correr. No sé cómo explicarles que no soy ningún atleta vencedor y que me llamo «Can-peón», o sea, perro obrero, o-bre-ro.

IsidroMoreno

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ANFITRIÓN

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Empiezo a desesperarme entre tanta gente que hablan a mi alrededor; beben y ríen entre ellos, pero a mí, creo que ni me miran y se supone que han venido a mi casa, a verme.

¡Qué falta de respeto! Necesito llamar su atención y parece que no existo. 

El tiempo pasa y, además del frío progresivo, no puedo hablar, parece que tengo los labios pegados, tampoco me responden mis músculos, tan sólo soy capaz de abrir y cerrar uno de mis párpados, pero nadie me mira, aún estoy vivo y, dentro de unos minutos, taparán este maldito ataúd. Para siempre.

IsidroMoreno

A PAMPLONA HEMOS DE IR

 

El año pasado fue más divertido, yo era uno de esos pastores que, con la vara, dirigía a las reses y a los recortadores. Casi todos me obedecían.

Ahora, muchos me dicen que es mejor este puesto, pero yo me muero de vergüenza. Aquí arriba, inmóvil, entre velas y ante una muchedumbre que, con periódicos en mano o a puño cerrado, cantan y me piden bendición. Yo miro al infinito, como si no fuera conmigo la cosa.

Nada más abrir, a mis pies, se forma el primer tumulto con caídas, carreras, los toros resbalan, los mansos también, los mozos se pisan y se asustan después. Eso es lo que me gusta a mí, el cachondeo.

Un pitido avisa de que ya es hora del desayuno. Se recomponen los toros, los mozos y los pastores. Salto desde la hornacina, yo ya no aguanto más esa inactividad. Busco a la seño que aún con silbato en mano nos mete prisa para que abandonemos el escenario, porque ahora llegan los mayores para ensayar no sé qué de “Romero y Julita”, creo.

Le voy a decir a mi seño que, para el próximo año, yo me pido de toro, porque es mucho más diver. ¡Dónde va a parar!

IsidroMoreno

LA DIETA

 

En mis últimas vacaciones viajé a Riolindo, un pueblecito pintoresco de Golucy, famosa región por sus soleadas playas, cálidas temperaturas, vida apacible y muchos lugares de auténtico lujo internacional.

En esa villa observé que los nativos hablan en un dialecto propio que, básicamente, consiste en omitir ciertas consonantes o, como ellos dicen, comerse las letras, sustituirlas por otras o cambiarles el sonido en muchos vocablos.

Aquel pueblecito es un rincón de glamour, gustos refinados, elegancia e incluso afirmo que la mayoría de sus habitantes mantienen una magnífica figura y es extraño ver a gente obesa. Yo, con mis kilitos de más, me sentía incómodo.

Una tarde, sentado en un velador junto al paseo marítimo y viendo desfilar a los transeúntes con sus portes elegantes, pregunté, a un apuesto camarero, por el origen de los estilizados cuerpos de aquellas gentes. Me dijo de manera contundente que se alimentaban, casi en exclusiva, de letras y no solo en sopa, sino de las que se comían en la pronunciación habitual de las palabras. Yo me quedé sin estas ante semejante teoría.

Aunque ya hace dos meses que regresé de Riolindo, persisto en mi léxico hablado con deje goluciano. Los conocidos me miran extrañados. Los amiguetes me preguntan si me pasa algo en la boca y los más íntimos siguen sin comprender “mi dieta” consistente en comerme las eses, zetas, des, aspirar jotas y ges como si no hubiera un mañana y tragarme otras consonantes por el mero hecho de ser la última de la palabra.

Yo sigo bajando kilos en la báscula, aunque no sé si achacarlo a mi nueva y exótica dieta “goluciana” o a que, como ya no vivo con mi madre, mi cuerpo añora sus cocidos, legumbres y otras delicias culinarias que desde hace meses no pruebo, pero el simple recuerdo, como al perro de Pavlov, me hace salivar.

IsidroMoreno

*Dedicado a mis amigos Asun y Pablo que me inspiraron el relato.

YO TAMBIÉN ME ASUSTO

 

A menudo, mi mamá se desespera buscándolos. Pobrecilla, me da pena. Dice que los mete en la lavadora atados en pareja para que no se pierdan. Yo sólo cojo de colorines y de uno en uno cada vez, porque los necesito para las manos y los pies. Es que, por las noches paso mucho frío asustando al vecindario, aunque en el fondo lo que más me gusta, como a todos los fantasmas, es mirarme en el espejo de casa, para olvidarme del miedo y divertirme viendo una sábana blanca y  cuatro calcetines de colores, que se mueven y bailan solos.

 

IsidroMoreno

HASTA LA PRÓXIMA, MADRE

 

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Me quedo muy triste cuando me despido de mamá en la residencia. Además ya no se ríe cuando me visto de fantasma y siempre me dice que me reconoce por los calcetines.

Pobre mamá, sé que le gustaría quedarse conmigo, por eso siempre se va con lágrimas en los ojos cuando, con un beso, se despide hasta la próxima. Luego, yo vuelvo a disfrazarme para seguir asustando a los residentes de este psiquiátrico. ¡Para eso soy el director!

IsidroMoreno