SUEÑO IMPOSIBLE

 

Lo intentábamos;

luchábamos por nuestro amor;

anhelábamos que nuestro sentimiento fuera imperdible e invencible.

Como Eva, mordimos la manzana.

Como Adán, buscamos nuestra media naranja.

Como es frecuente, nuestro amor fue un sueño imposible.

 

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IsidroMoreno

 

(Imagen: Internet)

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LA NOTA

 

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Desde hacía muchos meses, cada vez que él salía a la calle, dejaba una nota de aviso por si, durante su leve ausencia, ella decidiera volver a casa.

Hoy, por fin, ella ha regresado a la casa y ha encontrado la última nota escrita en la pasada navidad:

«Esta tarde salgo. Voy a jugar a la ruleta rusa. Hay pollo frito en la nevera, o bien, espérame y te haré la cena.

Te quiero».

 

IsidroMoreno

DOS MEDIAS

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La una, desde que le partieran el corazón, mantiene la mirada fija hacia la ventana. Ve amanecer cada día añorando su media naranja.

La otra, con el corazón partido y con mirada fija en la puerta que le oculta los atardeceres, suspira cada segundo por su media naranja.

Dos medias naranjas que reposan en el mismo frutero, espalda contra espalda, piel de naranja contra piel de naranja pero ajenas a su entorno, han sucumbido por nostalgia, ya secas, sin brillo, sin lágrimas, encogidas de dolor por haber perdido a su media naranja.

Fue el robot exprimidor quien me lo contó.  

IsidroMoreno

RODEOS

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«A buena marcha recorrían el camino, antigua vía de ferrocarril, al que muchos denominaban “tontódromo” por lo muy transitado. Él no paraba de narrarle historias picantes, a veces muy extrañas, desde que ella le dijera que le hacían gracia.

Por aquel sendero que llegaba hasta el santuario, por fin, superando mil indecisiones y cantando, le declaró su sincero amor, mas ella, jocosa, le dijo que ya su corazón estaba ocupado».

Ese era el relato descalificado por el jurado ya que nada tenía que ver con el tema “VERDE” de la convocatoria. Así pues, el autor volvió a remitir la misma historia pero sin elipsis, ni implícitos, ni morondangas:

«A buena marcha recorrían la vía verde mientras el no paraba de contar chistes verdes en ocasiones más raros que un perro verde desde que ella le diera luz verde a sus historias.

Por el camino verde que va a la ermita, se declaró cantando, “verde que te quiero verde”, pero ella le dijo que verdes las han segado y que, ¡a buenas horas mangas verdes!»

Ese fue el segundo relato, también descalificado, pero esta vez por reiteración, cacofonías y por pesado.

IsidroMoreno

Ya no me dan miedo los cementerios

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Entre las absurdas apuestas de adolescentes, perdí la que nunca hubiera querido perder: La noche del cementerio.

Envuelto en una manta, elegí recostarme sobre una tumba de duro y frío granito antes que hacerlo sobre una de mármol que me parece más fría, más dura y más tétrica. Cerraba fuerte los ojos. No quería ver el cielo raso, ni las estrellas, ni la luna, ni las cruces, ni las sombras afiladas de las cruces, ni las alargadas de los cipreses, ni las ramas de los pinos menéandose amorosas. No quería ver, solo quería que el tiempo corriera y la noche huyera.

Decidí afrontar racionalmente la situación y luchar contra el miedo, porque abandonar como gallina o perecer en el intento eran otras opciones posibles pero cobardes.

Cuando bajo mi manta dejé de temblar y me acostumbré a la oscuridad, comenzó el bullicio. Con las manos tapaba mis oídos, pero seguía oyendo una mezcla de chasquidos de ramas, zumbidos y después, voces, llantos, lamentos, risas, gritos… Era un cementerio en la noche; tal y como siempre lo habíamos imaginado y ninguno habíamos experimentado. ¿Miedo ancestral? ¿Temor en los genes? Eso me preguntaba mientras luchaba contra el rechinar de dientes.

Detecté que los ruidos de ramas y zumbidos, eran provocados por el azote del viento y por los caprichosos silbidos del aire inocente al correr entre cruces, estatuas y plantas.

Me concentré en una de las voces que martilleaban mi cerebro. Escuché que esa voz lastimera advertía, a otros seres, de un peligro que él no vio y a la muerte le llevó.

Aterido y confuso, mi mente se dejó arrastrar por el llanto de una niña que, entre sollozos cansados y sin esperanza, llamaba a su mamá y le decía que hacía frío. No pude contener las lágrimas ni un amargo nudo en la garganta. A la par podía escuchar los monótonos lamentos de dolor de una mujer que quizás ya no recordara de cuándo y de dónde le provenía su dolor.

Casi al alba me sorprendieron risas y gritos que parecían proceder de almas confusas y olvidadas en siquiátricos y asilos. También me provocaban pena y dolor, pero descubrí algo que le contaría a mi madre: «¡Ya no me dan miedo los cementerios!»

* *

Su melena gris le oculta el rostro, pero es la misma mujer que cada día se sienta sobre el granito mohoso de la misma lápida, mientras que para su raquítico consuelo, con un hilo de voz se repite la frase que le oyó a su hijo antes de la despedida:

¡Madre, ya no me dan miedo los cementerios! 

 

IsidroMoreno   

PÉRDIDAS INACEPTABLES

 

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Los sábados busca por el barrio a algún amigo de la juventud perdida.

Todos los domingos lleva flores a la residencia donde su madre vivió sus últimos días.

Los lunes telefonea a su difunto padre.

Los martes, al atardecer, pasea junto al álamo donde se juró amor eterno con su expareja.

Los miércoles escribe y envía una crónica a su periódico que quebró el pasado año.

Los jueves abre su ordenador para leer que el e-mail le vomita la crónica que envió el día anterior.

El viernes era su día feliz hasta que su psiquiatra le adjudicó la cita semanal.

IsidroMoreno

LOS FANTASMAS NO EXISTEN

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Con este título intenté escribir un artículo para mi periódico. Desde la redacción me llamaron para decirme que mi fichero del e-mail llegó en blanco, sin texto alguno.

Puesto que tampoco encontré la copia en mis registros, tuve que hacer de nuevo el artículo. Una vez acabado y antes de pinchar en “Archivo. Guardar como”, las letras del texto comenzaron a desmoronarse y a caer suavemente, sin prisa, como copos negros de nieve mecidos por una suave brisa.

Sólo el título quedaba legible y en pie. El resto eran palabras rotas, letras y signos de puntuación que formaban pequeños montones a pie de página.

Mis ojos no daban crédito a tan insólito espectáculo. Intenté escribirlo otra vez, pero las letras volvían a derribarse y se hacinaban en la base de la página. Lo peor fue que desde la pantalla hasta la mesa de mi escritorio, también comenzó a caer un fino polvo negro como el carbón. Pasé el dedo y allí estaban los trocitos de las letras que formaron las palabras de mi texto.

Rendido ante el preocupante espectáculo, apagué el ordenador, salí de casa y, desde mi teléfono, dicté el artículo a mi amigo Isidro Moreno que me hizo el favor de publicarlo, pero me dijo que al intentar escribir mi nombre como autor del artículo, las letras se derrumbaban sin remedio.

La autoría del artículo fue firmada por Isidro. El relato también.

IsidroMoreno