JUSTICIEROS DEL AMOR

Eran los sábados cuando las “eroavionetas” colmadas de amor y pasión sobrevolaban nuestro barrio. Desde primeras horas, nos manteníamos alerta para disfrutar de la llegada y descarga de roscos que, en forma de corazones, arrojaban aquellos aparatos. Muchos vecinos jóvenes, mayores y medianos salíamos a la calle ansiosos de pasión, con los brazos abiertos al cielo y como si de un maná se tratase o como en una cabalgata de reyes, intentábamos atrapar al vuelo alguno de esos roscos del amor. Para evitar lesiones, la policía no permitía paraguas invertidos. No valía tomarlos del suelo, pues si caían quedaban rotos e inutilizados para siempre. Había personas que salían con máscaras y disfraces para evitar, se supone, ser reconocidas quizás por su pareja que también podría estar esperando otra oportunidad; también había ambiciosos que pillaban varios “roscos acorazonados”: eran la envidia de quienes no cogían nada y tendrían que esperar al próximo sábado.

Todo acabó un día cuando un ejército de angelitos justicieros, con arcos y flechas, atacaron a las promiscuas “eroavionetas” para expulsarlas del espacio aéreo del barrio. Desde entonces, a menudo y sin avisar, los angelitos escondidos quién sabe dónde, escogen y lanzan flechas directas solo a corazones errantes.

CONTRA CORRIENTE

Entre sonorosas cascadas y verdes hojas mecidas al compás de sus cánticos, aguarda, sin prisa, la sirena. Un año más será objeto de lujuria, motor de instintos primarios y causa de luchas entre los más jóvenes.

Los mayores intuyen que, tras la dura remontada del río, la reproducción se ha de realizar por desove y fecundación sólo entre parejas de salmones.

Los aún inmaduros, desoyendo normas y consejos, caerán rendidos ante tan singular atracción y belleza de esa hembra de extraño torso, larga melena y cola de pescado. Sin embargo, cuando estos ilusos jovenzuelos descubren que solo serán parte de su festín y principal alimento, siempre es tarde.  

 

IsidroMoreno

FAIR PLAY

El codo de un defensa se dirige a cámara lenta hacia la nariz del delantero que se desploma despacio mientras se cubre, con sus manos, el apéndice dolorido y sangrante. Otro delantero retoma la jugada parando, pausadamente con el pecho, el balón invisible que cae a sus pies y, con dos lentas pero largas zancadas, se dirige a portería. Luego, apoyado en su pierna izquierda, realiza un leve giro de cintura y, en parsimonioso movimiento, lleva su pierna derecha hacia atrás para tomar impulso e iniciar hacia adelante el movimiento que imprima la fuerza del chut al imaginado balón. De inmediato, el portero avanza lateral y gradualmente hacia su izquierda e inicia un grácil salto parabólico, pero siempre con la mirada fija en el balón imaginario que también de manera ralentizada, había salido desde la puntera del delantero. Una vez que el guardameta cae al suelo y el supuesto balón traspasa la línea de portería, todos quedan inmóviles como estatuas. Solo les está permitido considerar si ha existido falta y discernir si el delantero goleador se hallaba en posición correcta o en offside.   

Así han representado la repetición de la jugada y es que, tras la euforia del gol, sin haber finalizado los abrazos, se habían oído las voces de un equipo indicando que estaba en “fuera de juego”. Con gestos de decepción de unos y el disimulado regocijo de los otros, ambos equipos se han dispuesto, como en otras ocasiones, para repetir la jugada dudosa en cámara lenta, con la misma ubicación de cada uno de los jugadores pero sin el esférico, pues como es sabido, los balones no saben hacer la cámara lenta.

En esta ocasión no ha habido consenso entre los contendientes, por lo que al no existir árbitro, ni jueces de línea, ni VAR, se recurrirá a la “decisión civilizada fuera de cancha” consistente en nombrar por sorteo a tres espectadores que, mediante voto a mano alzada y en un intento de justa objetividad, dilucidarán el resultado de la jugada.

Esta experiencia deportiva tiene muchos adeptos entre los equipos juveniles de fútbol de las humildes aldeas de ese remoto país. Dicen que el inventor de aquella norma deportiva fue un misionero español que, parafraseando al humorista conquense J. L. Coll, y con ánimo de explicar ciertos valores éticos, les dijo a los jóvenes: Un país será civilizado cuando en él se pueda jugar al fútbol sin árbitros.

IsidrøMorenø

REMUERDOS

Unos pocos uniformes nazis robados nos permitieron salir del campo como si de un traslado de prisioneros se tratara. Tras largas horas caminando desorientados llegamos a una encrucijada de caminos. La elección podría significar la libertad o la muerte. Con apenas ocho años, tomé la iniciativa y avancé, sola y decidida, a explorar el entorno.

Mi pensamiento queda FUNDIDO a negro, también mi alma, cuando recuerdo cómo conduje al oficial de las SS hasta el lugar donde se ocultaban aquellos judíos. A cambio me regaló esta pistola que ahora presiona mi sien.

Isidro Moreno & Rafa Olivares

Para ENTC. CODE21  (Abril 2021)

DOS SEGUNDOS DISTINTOS

Mi zapatilla se desliza por la acera de forma irremediable. Deseo recomponer el equilibrio pero mi pie y pierna derecha desobedecen, bien como si no me perteneciesen, o bien que ya no quisieran seguir formando parte de mi ser. A cámara lenta diviso a media altura mi babucha rosa despedida que voltea lentamente hacia arriba; mi pie desnudo apunta al cielo; mi cuerpo en el aire y en horizontal; mi holgada falda, al viento; mi vista fija al frente, hacia el infinito, hacia la gente que me mira y a los que se asombran al verme. Ya nada soporta este cuerpo que se desploma. Recuerdo que no llevo bragas. Mis piernas abiertas, mi figura desecha, la dignidad y los huesos por los suelos. Había salido apresuradamente de la ducha para avisar al butanero antes de que se marchase. Oigo la voz de un vecino que grita mi nombre. La gente se arremolina, me miran y yo no sé dónde mirar. Son momentos eternos.

Luego, mi vecino, que ha sido testigo, ha narrado así todo lo ocurrido: Ella salía corriendo por el portal y al llegar a la calle ha resbalado con una cáscara de plátano y ha caído de espaldas.

IsidroMoreno

DÍA DEL PADRE

Es lo que tienen las mudanzas y los zafarranchos de limpieza, que te reencuentras con objetos y recuerdos del pasado que creías perdidos. A menudo no sabes lo que hacer con esos objetos, sin embargo, los recuerdos no te dan a elegir.

Dentro de una de tantas cajas del trastero, encontré una vieja carpeta azul de gomillas pasadas por el tiempo. En su interior, cuadernos, folios amarillentos de trabajos escolares y, entre ellos, bastantes dibujos con dedicatorias a mi papá desde mi época en la guardería hasta casi la adolescencia y, eso sí, con muchos corazones rosas que, como a todas las niñas, me gustaba dibujar. Estoy segura que fue mi abuela quien los salvó de la quema y los guardó como si fuesen un tesoro.

Hoy, casualmente día del padre, he encontrado esa carpeta y se la he mostrado a mi hija de siete años. Ha juntado sus dibujos escolares de felicitación por San José con los míos, y me ha preguntado que si yo tampoco tenía papá cuando era pequeña. De repente, la larga historia que desde hace años tenía preparada en mi mente para narrársela a mi hija, ha quedado resumida en un ahogado y simple: «Tampoco, cariño. Tampoco».

Al girarme para que ella no notase mis ojos arrasados, he visto a mi madre que, con natural disimulo, guardaba los dibujos de mi hija y los míos en una misma carpeta azul.

IsidroMoreno

TERAPIA

El escenario es invadido por los músicos con sus instrumentos. Ellas de riguroso negro. Ellos de esmoquin y pajarita negra. Ruidos de sillas, afinaciones de instrumentos, leves murmullos del público. Algunos violines no tienen cuerdas, un violonchelista no tiene arco y el contrabajo solo tiene una cuerda. El solista de oboe hoy no se ha traído el instrumento. Por un lateral aparece el director. Aplausos. Todos los músicos se levantan de sus sillas; el director sube a su tarima y con inclinación reverente, saluda al público. Acto seguido, volviéndose a la orquesta, con sutil gesto ordena que se sienten. Levanta la batuta. Todos le miran. Silencio absoluto en la sala. Con vigoroso movimiento de brazos da inicio al concierto. Los músicos permanecen estáticos. Ni un solo ruido de instrumentos. Ni un solo ruido del público. Sólo se escuchan los sonidos del silencio.

Tras sesenta minutos de quietud, de un afinadísimo y armonioso silencio, el director marca el último compás, se gira hacia el público, saluda con reverencia e invita a sus músicos a levantarse de sus sillas y que hagan lo propio. El público, silente, emocionado pero sereno, se levanta de sus butacas y tras cinco minutos en pie como agradecimiento, comienza a abandonar el teatro.

Mañana, nuevos grupos de espectadores, “silencio-adictos” y pacientes de «Silencio terapia» volverán a abarrotar la sala de conciertos.

IsidroMoreno

COWBOYS

Nadie dijo que la vida de vaqueros fuera fácil, pero tiene sus momentos de intensa emoción, como ahora que mi inseparable amigo y yo, a lomos de dos hermosos alazanes y volteando nuestros lazos, intentamos atrapar a un potrillo y una vaca que nos preceden. En uno de los quiebros, mi amigo ha perdido el sombrero y, lejos de apenarse, continúa cabalgando a toda risa y a toda prisa.

Observamos que nos persigue un camión de bomberos con sirena y campanillas, le hacemos un corte de mangas y clavamos los talones en las ijadas de nuestros caballos mientras gritamos, ¡arre caballo! De pronto, otra sirena nos recuerda que tenemos que bajar de nuestras monturas entregar los sombreros —ya mi colega está buscando el suyo entre las patas de los caballos— y nos informan que si queremos repetir experiencia, hemos de volver a pasar por taquilla de este fabuloso tiovivo.

IsidroMoreno

EL JUICIO

Todas las acusaciones recaían como losas sobre los cuatro lobos sentados en el banquillo. Tan sólo Alfa aparentaba entereza mientras que Betty, Gamma y Delta mostraban notable pena e impotencia ante las injustas imputaciones. Tras larga y tensa sesión, y a falta del veredicto, irrumpió en la sala el joven lobezno Omicrón que, con un dosier entre los dientes y rodeado de varios guardabosques y policías, se acercó a la tarima para depositar la documentación probatoria que el abogado de oficio había olvidado.

Se mostraba una fotografía de Alfa, vestido de abuelita rodando la película de “Caperucita en Los Alpes” con certificado y fechado de la productora “Perrault Films”, por lo que se le eximía como ladrón de gallinas en un corral a cientos de kilómetros.

También un artículo de periódico portugués, con foto incluida, en la que se distingue a Betty, Gamma y Delta portando una pancarta en la manifestación de lobos en Lisboa, justamente el mismo día en que fue atacado el rebaño de ovejas en los montes asturianos. Por cierto, en las pancartas se podía leer: «NÓS, LOBOS, QUEREMOS O NOSSO ESPAÇO». «NÃO SOMOS ASSASSINOS». «NÃO QUEREMOS SER OS MAUS DA FITA».

A modo de justificante probatorio, también se incluía un libro de S. Freud titulado “La interpretación de los sueños” para evidenciar que los lobos tampoco son los culpables del terror nocturno ni onírico.

Se leyó un documento del naturalista Rodríguez de la Fuente, por el que se recordaba que el lobo es pariente directo del mejor amigo del hombre.

Ante tan contundentes pruebas, la manada de lobos quedó absuelta de los hechos criminales imputados, no obstante y para calmar la ira de las gentes y saciar la sed informativa de los medios de comunicación, los jueces sentenciaron a la manada, a pagar el I.B.I. y la contribución rústica por el uso y disfrute de los bosques norteños.

Y colorín colorado.

IsidroMoreno

DALE LA VUELTA (Es un buen método)

Esta mañana tuvimos taller de literatura y, como todos los viernes, debíamos escribir un relato. Hoy, la foto de inspiración era de un teclado de ordenador y concretamente, la tecla de «Control» situada en el extremo inferior derecho.

Por un buen rato se nos ha quedado cara de pirados, boquiabiertos, inmóviles como estatuas y con mirada fija sobre indeterminado punto del infinito, pero la profesora no se ha inmutado. Está acostumbrada, supongo.

En vista de mi falta de inspiración, di la vuelta al teclado de mi “pecé” y vi que, entonces, la tecla inferior derecha era la de «ESCAPE». Esta sí me sugirió varias ideas. Pedí salir al servicio, luego vi una puerta abierta, luego anduve. Y anduve. Y anduve.

Son las once de la noche, hace frío en este bosque, veo no muy lejos luces azules y rojas y oigo sirenas. Creo que me están buscando a mí. No sé si volver, porque las otras tres veces que me escapé de ese psiquiátrico me echaron una buena bronca en el despacho del director y, en el desayuno, me echaron unas pastillas que me dejaron más gilipollas aún.

Ya no sé qué hacer para que me echen a mí.

IsidroMoreno