Ya no me dan miedo los cementerios

Imagen relacionada

Entre las absurdas apuestas de adolescentes, perdí la que nunca hubiera querido perder: La noche del cementerio.

Envuelto en una manta, elegí recostarme sobre una tumba de duro y frío granito antes que hacerlo sobre una de mármol que me parece más fría, más dura y más tétrica. Cerraba fuerte los ojos. No quería ver el cielo raso, ni las estrellas, ni la luna, ni las cruces, ni las sombras afiladas de las cruces, ni las alargadas de los cipreses, ni las ramas de los pinos menéandose amorosas. No quería ver, solo quería que el tiempo corriera y la noche huyera.

Decidí afrontar racionalmente la situación y luchar contra el miedo, porque abandonar como gallina o perecer en el intento eran otras opciones posibles pero cobardes.

Cuando bajo mi manta dejé de temblar y me acostumbré a la oscuridad, comenzó el bullicio. Con las manos tapaba mis oídos, pero seguía oyendo una mezcla de chasquidos de ramas, zumbidos y después, voces, llantos, lamentos, risas, gritos… Era un cementerio en la noche; tal y como siempre lo habíamos imaginado y ninguno habíamos experimentado. ¿Miedo ancestral? ¿Temor en los genes? Eso me preguntaba mientras luchaba contra el rechinar de dientes.

Detecté que los ruidos de ramas y zumbidos, eran provocados por el azote del viento y por los caprichosos silbidos del aire inocente al correr entre cruces, estatuas y plantas.

Me concentré en una de las voces que martilleaban mi cerebro. Escuché que esa voz lastimera advertía, a otros seres, de un peligro que él no vio y a la muerte le llevó.

Aterido y confuso, mi mente se dejó arrastrar por el llanto de una niña que, entre sollozos cansados y sin esperanza, llamaba a su mamá y le decía que hacía frío. No pude contener las lágrimas ni un amargo nudo en la garganta. A la par podía escuchar los monótonos lamentos de dolor de una mujer que quizás ya no recordara de cuándo y de dónde le provenía su dolor.

Casi al alba me sorprendieron risas y gritos que parecían proceder de almas confusas y olvidadas en siquiátricos y asilos. También me provocaban pena y dolor, pero descubrí algo que le contaría a mi madre: «¡Ya no me dan miedo los cementerios!»

* *

Su melena gris le oculta el rostro, pero es la misma mujer que cada día se sienta sobre el granito mohoso de la misma lápida, mientras que para su raquítico consuelo, con un hilo de voz se repite la frase que le oyó a su hijo antes de la despedida:

¡Madre, ya no me dan miedo los cementerios! 

 

IsidroMoreno   

Anuncios

PÉRDIDAS INACEPTABLES

 

Imagen relacionada

Los sábados busca por el barrio a algún amigo de la juventud perdida.

Todos los domingos lleva flores a la residencia donde su madre vivió sus últimos días.

Los lunes telefonea a su difunto padre.

Los martes, al atardecer, pasea junto al álamo donde se juró amor eterno con su expareja.

Los miércoles escribe y envía una crónica a su periódico que quebró el pasado año.

Los jueves abre su ordenador para leer que el e-mail le vomita la crónica que envió el día anterior.

El viernes era su día feliz hasta que su psiquiatra le adjudicó la cita semanal.

IsidroMoreno