VIAJERO EMPEDERNIDO

 

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Ayer, ante la torre Eiffel iluminada y recortada sobre la mágica noche parisina, recordé cuántas veces, ante esa imagen, había intentado seducir a preciosas mujeres creyendo, en su momento, que cada una sería mi gran amor de por vida. Cada destello dorado de su iluminación se me antojaba un guiño de ojos, quizás de Adèle que marchó de Erasmus y jamás regresó, o tal vez de Brigitte que me abandonó por un pintor de Montmartre, aunque los recuerdos más evocadores fueron de Marie, quien nunca me llegó a amar.

Hoy, tras unos días de rememorar viajes, vivencias y anhelar lugares no visitados, me he detenido ante la estatua de Julieta en Verona. Un turista le acariciaba las tetas mientras posaba para la foto. Otros esperaban turno para hacer lo propio confiando en encontrar el verdadero amor o, al menos, volver a visitar Verona, según marca la leyenda.

Mi lágrima cayó sobre el rostro de Julieta y de mis torpes dedos resbaló la postal mojada. Como contagiadas, cayeron el resto de postales.

Junto a las ruedas de mi silla, diseminadas por el suelo, aparecían la Tour Eiffel, la estatua de la Libertad, el Coliseo, las pirámides…

Hoy ya no viajaré más.

IsidroMoreno

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