PROCESIÓN

PROCESIÓN

Cuatro docenas de anónimos nazarenos, apretados en estrechas filas portábamos la sacra escultura. Sólo el redoble de tambor rompía el silencio y nos marcaba el balanceo bajo un embriagador olor a incienso.

Disimuladamente me volví al compañero de detrás de mí, para decirle que me iba pisando y molestando mi marcha, a lo que él, lejos de disculparse, aunque en voz baja, me regaló una letanía de improperios e insultos a mí y a mi madre,  que me ofuscaron y enfurecieron. Quedamos que al final de la procesión nos veríamos las caras… “¡pedazo de C…!” –le dije- .

Realizada la entrada en el templo y con mi rabia contenida, hice ademán de que me siguiera hasta la calle. Su gesto afirmativo con cabeza y capirote fue acompañado de una sonora risa burlona que me indignaba.

Ya en la calle, furioso como estaba me volví a mi estúpido enemigo de procesión y observé que con grandes carcajadas se quitaba el capirote exclamando mi nombre en diminutivo.

¡Era el bromista de mi hermano!

 

IsidroMoreno

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